Bibb County Schools: Parte 5, El Aula

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Bibb County Watchdog, parte 5 de 6

Desde el aula

Una nota antes de las pruebas: si dais clase en el condado de Bibb, o sois padres aquí, vuestro relato también forma parte de este expediente. Los comentarios de abajo están abiertos, y nadie necesita vuestro nombre real: podéis publicar con el nombre que queráis. Lo que valoro es lo auténtico: relatos veraces de lo que habéis visto y vivido en este distrito. Si tenéis uno, contadlo, por favor.

En Rutland High School, la jornada escolar terminaba a las 14:35. La jornada de contrato, no. Los profesores teníamos que seguir allí hasta las 15:00, y en aquel centro las 15:00 eran las 15:00: ni las 14:59, ni las 14:57, ni un segundo antes. De modo que todas las tardes, en los diez últimos minutos del día, el claustro de un instituto público de Macon, en Georgia, se iba arrimando a la entrada principal y se juntaba ante una única puerta de cristal, con el bolso o la cartera en la mano, esperando a que un reloj les diera permiso para irse a casa. La escena no tenía nada de dramático, y justo por eso decía tanto.

Rutland High School, 6250 Skipper Road, Macon, Georgia, front entrance and tower
Rutland High School, en Skipper Road, en el sur del condado de Bibb.

Nos dejaban salir por una sola entrada. El centro tenía otras salidas, muchas, más cerca de nuestras aulas y de nuestros coches. En el instituto donde di clase antes de Rutland, cada profesor salía por la puerta que le pillaba mejor. En Rutland desfilábamos hacia la entrada principal y salíamos por aquella puerta de cristal, como chavales pendientes de un timbre que, se suponía, ya no iba con nosotros.

Al principio no me creí que la norma fuera de verdad. Los profesores decían que la directora, Wendy Pooler, echaba la bronca a cualquiera que se fuera antes de hora, y por antes de hora entendían un minuto, y por un minuto entendían un segundo. Gente adulta, con másteres y doctorados, gente que había criado hijos y enterrado a sus padres, plantada junto a aquella puerta mirando un puto reloj. Lo archivé en el cajón de las exageraciones hasta la tarde en que lo puse a prueba. Esa historia llega enseguida. Primero, las condiciones.

Esta parte también está publicada en inglés: Bibb County Schools: Part 5, The Classroom.

Esta serie se sostiene gracias a sus lectores. Nadie en una oficina del distrito ni en el despacho de un anunciante paga por ella. Si se lo gana, podéis invitarme a un café o apoyar el trabajo en Patreon.

Las partes 1 a 4 de esta investigación se apoyaban en documentos: presupuestos, pagos a proveedores, registros salariales, informes auditados, los estudios que el propio distrito encargó. Podíais comprobar cada cifra. La parte 5 se apoya en mí. Di clase en aulas del condado de Bibb durante once años, siete en Central High School y cuatro en Rutland High School, y me jubilé en marzo de 2026. Las cuatro primeras partes se escribieron para lectores sentados a una mesa. Esta trata de un profesor de pie ante treinta alumnos a las 8:00 de la mañana, y está contada desde el lugar de quien recibe las decisiones del distrito.

Aquí se cruzan cuatro clases de pruebas, y cada una llega con su etiqueta: el expediente, es decir, los datos estatales, los documentos del distrito y las cifras que el propio distrito pagó para que alguien las elaborase; mi testimonio; el testimonio de otras personas, calibrado según lo que de verdad es cada voz; y mis propios papeles de entonces, que prueban lo que yo escribí, no lo que hizo el distrito. Donde el expediente y mi memoria no coincidan, manda el expediente. Donde no haya expediente, lo diré, y vosotros pesaréis mi palabra en consecuencia. El distrito dirá que esto es obra de un exempleado resentido. Fui empleado. Ahora soy exempleado. Leed las cifras y decidid vosotros lo demás.

Llegué al condado de Bibb casi por casualidad. Años antes había mandado una solicitud al distrito y me había olvidado de ella. A finales de julio, con el curso a punto de empezar, quien dirigía Central High School la encontró, me llamó de buenas a primeras y me dijo que andaban desesperados por un profesor de español. Yo no sabía nada de la habilitación docente que exige Georgia (la licencia estatal para dar clase) y di por hecho que un distrito lo bastante desesperado como para desenterrar una solicitud olvidada me explicaría cómo funcionaban las cosas. No lo hizo. Un sustituto cubrió mis clases una semana o dos mientras se aclaraba el papeleo, y después me echaron al ruedo, que es la única manera honesta de decirlo. Nadie me explicó el protocolo, ni las impresoras, ni las reuniones, ni los formularios. Durante los primeros meses me pagaron quince dólares la hora, la tarifa de un sustituto de larga duración, porque todavía no tenía la licencia de Georgia.

Dar clase nunca fue mi problema. Había dado clase trece años en Japón, diez de ellos con la categoría universitaria de associate professor, un puesto de profesorado universitario de rango intermedio, en algunas de las mejores universidades japonesas, y la materia era lo fácil. El problema era todo lo que rodeaba a la materia, y la ayuda, cuando llegaba, venía de al lado: de otros profesores, en los pasillos, como favores. Desde arriba no llegaba casi nada. Y la cosa no cambió en once años.

Dr. Alan Wood in his Spanish classroom, seated at his teacher's desk buried in paperwork, looking disgruntled (generated illustration for Part 5)
El Dr. Alan Wood, tras su mesa en la clase de español. Ilustración generada.
Wendy Pooler, principal of Rutland High School
Wendy Pooler, directora de Rutland High School. Foto: Bibb County Schools.

Una nota sobre una palabra que falta. El distrito la trata de Dra. Pooler, y quien busque ese título en estas páginas, escrito por mí, buscará en balde. Tengo un doctorado de investigación y reservo la palabra doctor para el título que se la ha ganado. Y aquí hay que explicar la maquinaria, porque en España nada de esto existe. España tiene un único doctorado: el de la tesis original, de investigación, que se defiende en público. Doctor quiere decir eso y nada más. Estados Unidos, en cambio, mantiene en educación dos escalones doctorales. El PhD es el doctorado de investigación, con su tesis original. El EdD, Doctor of Education, es el escalón de los profesionales en ejercicio: mucho trabajo de asignaturas y, a menudo, un proyecto final en lugar de una investigación original. El suyo es un EdD de Valdosta State University. El mío es un PhD. Al EdD lo definieron Lee Shulman y sus coautores, en Educational Researcher, «por sustracción, con menos requisitos que el PhD y mucho menos énfasis en el estudio a tiempo completo y en la residencia», y era, apuntaron, «conocido a menudo como el PhD lite». Hasta los reformadores del propio título admiten su fama: Jill Perry, del Carnegie Project on the Education Doctorate, ha escrito que «el EdD se veía como menos riguroso que un PhD». Dicho sin adornos, que es como lo veo yo: un máster con el nombre de doctorado puesto, un pseudodoctorado cuyos titulares se hacen llamar doctores. El argumento completo lo he desarrollado en otro sitio. Aquí ella es Pooler, o la directora Pooler, y es un juicio meditado, no un descuido.

Central High School in Macon, Georgia, front of the building
Central High School, en Macon, Georgia. Foto: Central High School / Bibb County School District.

No le regateo el título a quien se lo ha ganado. La Dra. Keturah Reese era subdirectora en Central mi último año allí. Lo suyo es un PhD, de la Tift College of Education de Mercer University, obtenido en 2015 con una tesis de investigación sobre la lectoescritura en el aula de biología del instituto, y lo llevaba como lo llevaban todos los doctores de verdad que conocí en el condado de Bibb: con curiosidad intelectual y sin una pizca de ego. Hoy es la directora de Central. Enhorabuena, Dra. Reese. Central no podría estar en mejores manos.

Ahora, la puerta. Yo tenía una protesta pequeña y la practicaba a diario: nunca me quedaba allí plantado. Los demás profesores se juntaban junto al cristal y esperaban las tres como pasajeros ante una puerta de embarque, y yo no me sumaba. Sabía cuánto se tardaba en ir andando desde mi aula hasta aquella puerta, y cuadraba mi salida para llegar en marcha, colarme entre la gente que esperaba y salir, cinco o diez segundos antes, todos los días. Cinco segundos no son nada. También eran míos.

Y llegó la tarde de la prueba. Tenía cita con el dentista a las 15:15, a unos veinte minutos del instituto. Cinco minutos, me dije, no iban a matar a nadie, y salí hacia las 14:55. Después me llamó la otra profesora de español para contarme que la directora había hecho un anuncio por todo el centro sobre el señor Wood y su salida antes de hora. Mi compañera ya le tenía puesto mote a Pooler. En mi primer año en Rutland empezó a llamarla Pissy Pooler, un juego de palabras en inglés que solo funciona en inglés: pissy es como se llama a quien anda siempre de un humor de perros, cabreado con el mundo, y Pooler suena a pool, y pool, en inglés, es piscina. Pissy Pooler: las dos cosas a la vez, en dos palabras. A día de hoy todavía me río, y quizá sea un chiste que merece salir de la jubilación.

Al día siguiente me llegó un correo: el horario de contrato es de 7:00 a 15:00 y se esperaba que estuviera presente todo ese tiempo, sin irme ni un segundo antes. Nadie me preguntó por qué me había ido. Preguntarlo habría costado diez segundos, y la respuesta era un sillón de dentista, joder. La bronca costó menos.

Antes de ese correo, yo llegaba cada día media hora antes, currando gratis y sin que nadie lo notara, como hace la mayoría de los profesores, porque el trabajo no cabe en las horas del contrato. Después, llegaba cinco o diez minutos antes, lo justo para estar de pie en mi clase a las 7:00, que es todo lo que exigía el contrato. Aquel correo le compró al centro cinco minutos de mi presencia, una vez. Le costó buena parte de una media hora regalada, cada día lectivo, durante el resto del tiempo que pasé allí. Es el trueque que hacen los administradores de todo ese distrito, cada día y a escala industrial, y luego encargan estudios para averiguar por qué se les marchan los profesores.

Yo tenía con qué comparar, y por eso las pequeñas humillaciones de aquel centro me cayeron como me cayeron. Trece de mis veinticuatro años en las aulas los pasé en Japón: tres en institutos de secundaria y bachillerato, y diez en universidades. En Japón a todo profesor se le llama sensei. La palabra no es una cortesía. Es la misma que usa la lengua para un juez, para un abogado, para un médico, para un profesor de universidad. La propia lengua coloca al maestro de escuela en la misma compañía que a las personas a quienes una sociedad más honra, y el respeto iba en todas direcciones: lo traían los alumnos, lo traían los padres, y lo traían también los compañeros y los administradores que me rodeaban. El respeto allí no era un cartel en el pasillo. Era el punto de partida de todo el centro, cada mañana. Yo estaba orgulloso de mi trabajo. Se lo decía a todos: soy profesor. Que se enterase el mundo.

Alan Wood reading with elementary school students in Japan in 1991, his first year teaching there
Japón, 1991: leyendo con mis primeros alumnos, en los años en que la palabra para lo que yo hacía era sensei. Foto: colección del autor.

Luego volví a casa, a dar clase en Georgia, y el respeto se había esfumado. No menguado: esfumado. Estados Unidos no tiene a sus profesores ni de lejos en tanta estima, y es una ingratitud rara, porque no hay en este país una sola profesión que no empezara en un aula. Todo médico fue antes alumno de alguien. Todo abogado, todo juez, se sentó en un aula como la mía, delante de un profesor cuyo trabajo hizo posible todo lo que vino después. Un país que se olvida del primer eslabón de esa cadena acaba perdiendo eslabones.

Pero quiero afinar la puntería, porque lo que más daño hacía no era la sociedad. Los padres pueden ser duros, los alumnos son críos, y los críos ponen a prueba a los adultos que tienen delante; ese es el oficio, y para eso me apunté. El desprecio que me fue desgastando venía de mi propio lado de la mesa: de los administradores, la gente cuya única misión es plantarse entre los profesores y todo lo que no sea dar clase. En el condado de Bibb esa misión se había dado la vuelta como un calcetín, y la inversión se administraba en cosas pequeñas: una cuota de cinco dólares por el derecho a ir en vaqueros un viernes, un formulario de permiso, con justificante adjunto, para que un profesional hecho y derecho pudiera ir al dentista; hay que joderse. Nada de eso sale en ningún presupuesto. Todo sale en lo que sigue. La humillación a dosis pequeñas, servida por quienes tienes por encima, no es un efecto secundario de ese sistema. Es su lengua materna.

Así sé lo que costó. En Japón le decía al mundo a qué me dedicaba. En once años dando clase en el condado de Bibb no lo mencioné nunca. Ni en Facebook, ni en ninguna otra red, ni siquiera a amigos de otros estados. Gente que me conocía de hace años no sabía que era profesor. Lo ocultaba porque decirlo traía consigo una vergüenza que no habría sabido explicarles, una vergüenza fabricada a base de humillaciones y degradaciones constantes en un ambiente escolar tóxico, hasta que el oficio que un día había pregonado con orgullo se convirtió en aquello de lo que no hablaba. Le he dado muchas vueltas a ese silencio desde entonces. Que lo escondiera lo dice todo.

Japón me dio con qué comparar. Macon también, antes, y de otra manera. A los profesores que me dieron clase en Stratford Academy, mi colegio privado, que ya era entonces, y sigue siendo, el mejor colegio del centro de Georgia, se les trataba como profesionales libres y respetados. Sabían lo suyo y se les dejaba enseñar la materia de verdad, sin las gilipolleces por las que hacen pasar a los profesores de la pública. Esa confianza era el punto de partida, no un premio por portarse bien.

Los profesores de Rutland no eran gente de segunda. Eran personas igual de capaces, enterradas bajo la maquinaria de un sistema de mierda: regímenes de permisos, obediencia a guion, el paripé de la ceremonia de inicio de curso, vaqueros a cinco dólares y formularios. En Stratford, el profesor figuraba como un profesional de confianza. En Bibb, ese mismo tipo de profesor figuraba como un crío al que hay que tener atado en corto. La diferencia nunca estuvo en los profesores. Estuvo en el sistema que tenían encima y en si ese sistema partía del respeto o del desprecio.

Mis padres no me mandaron a Stratford solo porque ofreciera cursos AP (Advanced Placement, de nivel universitario) de español, francés y latín; me mandaron por la educación en su conjunto. No venía de una familia acomodada. Mi padre trabajaba en la fábrica de papel Georgia Kraft, en Macon. Pagar la matrícula de Stratford fue un sacrificio enorme para ellos, y lo hicieron de buena gana, para mantenerme lejos del sindiós que era entonces el sistema escolar del condado de Bibb y que, por desgracia, lo sigue siendo.

La gratitud que debo se la debo a mi madre y a mi padre, no a un colegio privado, y no como alegato a favor de lo privado frente a lo público. Es un gracias a un obrero de la papelera y a su mujer, que apuntaron más alto para su hijo. Si no hubieran hecho aquel sacrificio, estoy seguro de que mi vida no habría sido ni de lejos tan afortunada como ha sido.

Stratford, en mis tiempos, era un colegio pequeño: sesenta y tres alumnos en mi promoción. Ofrecía español, francés y latín, cada uno hasta el nivel AP. Yo cursé francés, y solo francés: cuatro años, terminé con el AP de francés y saqué un 5, la nota máxima.

El español llegó después. Lo empecé ya en la universidad, en primero, y lo aprendí en un año en la Universidad de Sevilla. La base de francés de Stratford, más aquel arranque universitario, más Sevilla, es lo que levantó el resto de mi vida laboral: enseñar español y, más tarde, enseñarlo a un nivel más alto, con un doctorado en Lingüística a la espalda.

Esa es la vara de medir que llevé al condado de Bibb, y por eso importa la comparación. Si yo hubiera ido entonces a un colegio del condado de Bibb, creo que estoy segurísimo de que mi vida habría terminado de forma muy distinta. Pasé veinticuatro años dando clase, once de ellos en institutos públicos de Bibb, regalando lo que Stratford me había dado. Eso no es una queja por el regalo. Es la medida de lo que puede poner en marcha un sistema que confía en sus profesores, y de lo que puede echar a perder uno que parte del desprecio.

Los estudios, las cifras y los profesores están en lo que viene a continuación. También las aulas donde ocurrió todo, y la puerta por la que tuvieron que salir todos.

La maquinaria diaria

Los once cursos que pasé dando clase en el condado de Bibb empezaron igual: con el distrito quitándole la primera mañana a quienes más la necesitaban. El primer día de vuelta nos presentábamos en nuestros centros hacia las 7:00, y de allí nos subían a unos autobuses calurosos e incómodos y nos arrastraban al otro lado de la ciudad, al Macon Coliseum, el pabellón municipal, para la ceremonia anual de inicio de curso, la llamada convocation. Horas y horas. Un pabellón hecho para el baloncesto y los conciertos, no para discursos, donde la voz humana sonaba fuerte, con eco e imposible de seguir, mientras las bandas de música de los institutos tocaban a todo volumen y unos cuantos miles de profesores no pillaban casi ni una palabra.

La mayoría de los años, en algún momento, me escondía en el baño con el móvil, porque el ruido me daba dolor de cabeza. A mi alrededor, el entusiasmo obligatorio de todo aquello: gente interpretando la alegría para las cámaras. Lo que queríamos todos los profesores que yo conocía era justo lo que aquella mañana estaba diseñada para negarnos: estar en nuestras aulas, dejándolas listas. Ese trabajo no desaparecía porque el distrito nos pasease por el centro de la ciudad. Se mudaba a nuestras tardes, a nuestros fines de semana y a las horas sin cobrar, que es donde se curra, a escondidas, buena parte del trabajo de este distrito.

No tengo ninguna cifra documentada de Bibb sobre lo que costó aquella mañana, y no pienso inventarme una. La investigación para este artículo buscó el precio de la ponencia principal, del recinto, de los autobuses y de las camisetas a juego, y no encontró ningún documento público que pusiera precio a nada de eso en ningún año entre 2015 y 2026. El coste que sí puedo documentar, desde mi asiento, es el que iba sumando cada profesor de aquel pabellón: una mañana de preparación del aula, robada en el único momento del año en que preparar el aula lo es todo. Y las camisetas, encima, no molaban un pelo: feas e incómodas.

Otro distrito enseña el camino que Bibb no tomó. En Fayette County, en Kentucky, en 2024, el distrito contrató a un conferenciante famoso para el acto en el pabellón, y los profesores, los directores jubilados y el sindicato se le echaron encima, en público, por la misma queja de Bibb: ese tiempo pertenecía a las aulas. Quien dirigía el distrito canceló el acto y convirtió el día en jornada de trabajo del profesorado. (El conferenciante costaba 26.500 dólares y el pabellón, 30.000, según la información de WKYT; son cifras de aquel distrito, no una afirmación sobre las cuentas de Bibb.) Otro distrito ya había demostrado, en público, que se podía elegir otra cosa, después de haber probado primero lo del pabellón. Desde mi primer día, Bibb ha tenido once inicios de curso y sigue subido al autobús.

Mi veredicto sobre la ceremonia no ha cambiado en once años: una pérdida de tiempo y de dinero, y peor que una pérdida, un castigo con disfraz de fiesta. Si quieren que los profesores se queden, es una forma de lo más gilipollas de empezar el curso, un año tras otro.

Southwest High School staff standing and cheering in the stands at the Bibb County Schools annual convocation in the Macon Coliseum
La ceremonia anual de inicio de curso de Bibb County Schools en el Macon Coliseum: la única mañana del año en que había que estar contento por decreto.

Mi primer año en Rutland, el distrito se quedó con la mañana y el centro se quedó con lo que quedaba del día. De vuelta en el instituto, Pooler mandó al claustro a una yincana de trabajo en equipo por el centro comercial de enfrente: profesores desperdigados por las tiendas, con una lista de encargos, durante cosa de una hora antes de comer. Estábamos a finales de julio en Macon y, tal como lo viví yo, hacía un calor bestial, de los que se te sientan en el pecho. Vi a compañeros mayores, hechos polvo por aquel calor, dando vueltas por el aparcamiento colorados como tomates, quemados por el sol, empapados de sudor hasta calar la ropa, el primer día del curso, y todo en nombre del trabajo en equipo. Sigue siendo una de las experiencias más jodidas de mi vida profesional. Resulta que el trabajo en equipo es facilísimo de programar cuando es otro quien tiene que aguantar la incomodidad física.

Esas dos escenas enseñan la maquinaria en su versión más clara. El tiempo y los cuerpos se trataban como materia prima. Lo demás era más soso y más pesado. El día de un profesor era un montón de obligaciones que nunca terminaba de cerrarse: la clase, luego los correos, las reuniones, la recogida de datos, los formularios, la misma información tecleada en sistemas que no hablaban entre sí. Nadie me formó en nada de eso. El tiempo de preparación que figuraba en el horario nunca coincidía con el que un profesor podía usar de verdad para preparar, y las reuniones sobre la preparación se comían hasta ese. El propio grupo de trabajo de Georgia sobre el desgaste docente (el Teacher Burnout Task Force) encontró el mismo patrón en todo el estado en 2022. El distrito no publica ningún documento de Bibb que me desmienta. Tampoco publica ninguno que respalde su versión.

Las programaciones de aula no eran una página garabateada antes de clase. Eran documentos detallados, que costaban horas, montados sobre una plantilla que el distrito cambiaba de un año para otro, de modo que lo del curso anterior había que rehacerlo en el formato nuevo, y eso aunque el currículo y los recursos que nos daban me parecieran insuficientes para lo que las programaciones tenían que documentar. Eso es testimonio, del hombre que las redactaba. En agosto de 2025 escribí un memorando bien fundamentado en el que proponía un sistema con más sentido común. Mis propios registros no demuestran que llegara a enviarse, y no voy a afirmar que se enviase. Tampoco tengo ninguna prueba de que los administradores lo recibieran nunca. Esa limitación importa. Gasté tanto tiempo en cumplir con el papeleo de rutina del distrito que hasta preparar una propuesta para aligerar ese mismo papeleo acabó siendo un trabajo más, el enésimo.

Las programaciones tenían un hermano gemelo en GaLEADS, la plataforma de evaluación del profesorado de Georgia. Guardo una copia de una circular del centro de aquel otoño. Obligaba a los profesores a completar todos los apartados de sus objetivos en GaLEADS antes del mediodía del viernes. Y, para los profesores de asignaturas con examen (las que se miden con pruebas estandarizadas), daba por exactos y obligatorios los datos de la medida de crecimiento del alumnado. El español no es una de esas asignaturas. Cuando me senté a meter mis objetivos, el campo de la medida de crecimiento estaba bloqueado, y la documentación que lo rodeaba presuponía unas evaluaciones comunes y una rúbrica de departamento que yo, de hecho, no usaba. No me sancionaron por lo que puse en GaLEADS, y no digo que lo hicieran. A mí se me exigía que el registro fuera exacto para el distrito, mientras que el puto campo bloqueado del distrito podía ser inexacto sobre mí.

Donde mejor se vieron las consecuencias de estas políticas fue en un incidente que me contó una compañera de Rutland. Sigue trabajando en ese centro, y por eso el relato no lleva nombre, ni asignatura, ni fecha. He quitado los detalles que la identificarían para proteger su intimidad. Sigue en Rutland y no quiero que este relato la exponga a consecuencias profesionales.

Una clase de Rutland funciona en bloques de noventa minutos, con cambios de clase de cinco minutos, y en una planta los profesores pueden compartir uno o dos baños individuales. Entre diez y quince adultos, cinco minutos, una puerta. No existe ningún sistema para cubrir a un profesor que necesita salir. El único apaño es el que usan los profesores en todas partes: mientras los alumnos trabajan por su cuenta, avisas al compañero del aula de enfrente, le pides que eche un ojo a tu clase, y te vas. Esa profesora hizo exactamente eso. Organizó la guardia y, según su relato y según creía ella, había dejado la clase cubierta, y salió. Cuando volvió, la directora, que se había colado en el aula mientras ella estaba fuera, ya estaba sentada allí y le preguntó por qué había dejado sola la clase. La reprendieron por abandonar una clase que, de hecho, había cubierto, con el único método que su empleador le ponía a mano.

Los profesores, que tenemos un cuerpo como todo hijo de vecino, aprendemos a beber poca agua para poder aguantar hasta el timbre. Y no es solo una metáfora. Es así como el distrito gestiona a las personas, hasta en lo corporal. El sistema no ofrece una manera sencilla de cubrir una clase, y luego la directora convierte ese fallo en una falta del profesor. Volveré a este patrón, porque se repite.

Puedo añadir mi propia experiencia a esa historia, porque yo recurría al mismo apaño que la profesora reprendida. Era el sistema real del centro para cubrir clases, aunque nadie lo hubiera autorizado. En la práctica había un único baño de profesores, en la sala de profesores, y un descanso tan corto que, como mucho, lo usaban uno o dos antes de que el timbre se llevara a los demás. Los baños de los alumnos, mientras tanto, estaban cerrados con llave, así que, cuando mi clase necesitaba una pausa, tenía que llevarme a todo el grupo por el pasillo, sin que nadie pudiera quedarse atrás, y perder de cinco a diez minutos de clase esperando plantado ante una puerta. En esas expediciones yo mismo usaba el baño de los alumnos mientras mis chicos estaban en el suyo. No pensaba aguantarme noventa minutos para preservar una norma que nadie sabía explicarme para qué coño servía. Una reseña de Rutland colgada en abierto en agosto de 2025 se queja de los mismos baños cerrados con llave; es el relato de quien la escribió, no un documento del distrito, y la cito solo para demostrar que el arreglo se veía también desde fuera del claustro.

En plena clase, la otra profesora de español y yo aplicábamos el mismo sistema que la profesora reprendida: yo llamaba a su ventana y ella salía al pasillo a vigilar mi clase; cuando era ella quien necesitaba salir, hacíamos lo mismo a la inversa. Eso funcionó mis dos primeros años en Rutland, mientras ella siguió en el centro. La directora descubrió ese arreglo en el aula de otra profesora y lo llamó abandono. En todas las aulas donde mantenía a flote la jornada se llamaba guardia, y todo el centro sabía la diferencia, menos la dirección.

La comida era el otro minuto racionado del día, y voy a ser justo, para lo bueno y para lo malo. Duraba veinticinco minutos, en tres turnos, porque el comedor era demasiado pequeño para sentar a todo el centro a la vez; creo que eso vale para todos los institutos del distrito, y lo digo como creencia, no como auditoría.

Ahora, el mérito, con las palabras que me repetí durante cuatro años: lo único bueno que puedo decir de Rutland y de Pooler es que, durante la mayor parte de mis años allí, nos libramos de la vigilancia de comedor y de la de desayuno, y los profesores de otros centros sabrán qué bendición es esa. Pero casi siempre no es siempre. La vigilancia de comedor apareció un mes o dos al principio de mi último curso y luego se esfumó sin hacer ruido; en ocasiones hubo vigilancia de desayuno, y en los días malos, cuando una pelea o algún problema cerraban el comedor, los alumnos comían en nuestras aulas, con nosotros. En Central, bajo la dirección anterior, me endilgaron todas esas vigilancias. Horas del día de un profesor cualificado, de pie como un mueble. Rutland no nos quitó ese descanso. Solo lo recortó a veinticinco minutos y lo llamó comida.

Y por debajo de todo eso, pequeño y constante, el cepillo. En mis once años, a los profesores se nos pedía dinero para una causa u otra con una frecuencia pasmosa, y encima los alumnos vendían sin parar chocolatinas, tazas de café y golosinas a sus propios profesores. Los profesores estamos entre los profesionales peor pagados que hay, y el cepillo seguía pasando. El caso que más me enciende es la cuota de los vaqueros. En lugar de dejar sencillamente que los profesores se vistieran con comodidad para un trabajo que no es precisamente limpio, el centro cobraba cinco dólares por el privilegio de ir en vaqueros los viernes. Cinco dólares por ponerte tus propios pantalones. Si un viernes se pueden llevar vaqueros pagando cinco dólares, ¿por qué coño no se pueden llevar todos los días gratis? La cuota deja al descubierto que la norma nunca tuvo que ver con la profesionalidad. A mí me pareció humillante, y me lo sigue pareciendo.

Estaban también los sunshine clubs, esos botes para detalles entre compañeros, a los que se esperaba que te apuntaras con una cuota, y cuyo único retorno, en mi experiencia, era una felicitación de cumpleaños o algo por el estilo; yo me negué, y por suerte era voluntario. Y estaba United Way, la organización benéfica de las colectas, con gente del centro designada casi como captadores que, en mis palabras, mendigaban, presionaban y avergonzaban a los compañeros hasta que donaban. Niños pidiéndote dinero, personal pidiéndote dinero, pagar por ir en vaqueros, pagar por esto, pagar por lo otro, con sueldo de profesor. Todo eso es mi testimonio de lo que se vivía dentro del edificio, y mi resumen del patrón también: un sistema que paga mal a sus profesores y luego les cobra por estar cómodos y les vacía la cartera para sus causas.

Un cambio bajo el superintendente Dan Sims afectó directamente a mi aula: las revisiones repetidas del horario escolar por parte del distrito. El superintendente que empezó el 1 de julio de 2022 reorganizó mucho, sobre el papel. Desde dentro del aula, casi nada de eso llegó. El horario sí llegó, como llega todo en ese distrito: lo rehacían cada año, una y otra vez, hasta que nadie se acordaba de qué versión estaba usando. Cuando entré en Bibb dábamos siete clases al día, de unos cincuenta y tres minutos cada una. Luego empezó el cambio y no paró de verdad nunca: horas de orientación, tutorías con una forma y luego con otra, una orientación de los miércoles que en realidad era una tutoría de dos horas, días de coaching, tantos horarios raros que no puedo ni acordarme de todos. Hay una frase mía que resume toda la teoría de mejora del distrito, y llevo años repitiéndola: el condado de Bibb parece probar cada año lo primero que se le pasa por la cabeza y esperar a que suene la flauta.

En abril de 2025 dejé mi objeción por escrito, y las palabras de entonces valen más que mi memoria. En el curso 2024-25 funcionábamos con una rotación de siete clases repartidas a lo largo del año, y el plan para el curso siguiente era de ocho clases, todo el año, alternando, y no el bloque semestral con el que yo había dado clase en otros sitios. Sencillamente no funciona, escribí, tan bien como funcionaría un horario tradicional por bloques. El tiempo de preparación programado sobrevivía solo dos o tres días por semana con ese sistema, y los demás días significaban críos desde las 7:00 de la mañana hasta el final de la jornada, sin un solo descanso, lo que anoté entonces como muy estresante: el eufemismo de un hombre que escribe con educación. Al curso siguiente, el modelo de ocho clases llegó a mi aula tal como estaba planeado: cuatro clases el lunes, otras cuatro distintas el martes, alternando todo el año, con ocho asignaturas que cada alumno tenía que llevar al día cada semana. Imaginad ocho exámenes en una semana. Imaginad tener quince años y llevar ocho asignaturas a la vez en la cabeza y en las libretas; o ser el profesor que intenta profundizar en una materia en la que cada conocimiento se apoya en el anterior, dentro de una estructura que no para de cortar ese avance. Con un bloque tradicional, cuatro asignaturas por semestre, un alumno podía acabar un año entero de una materia en un solo semestre de trabajo diario, y con profundidad. Mi veredicto sobre el modelo de Bibb, y lo firmo: una gilipollez que ha fracasado, y tienen que cambiarlo. Esa fue la era Sims vista desde mi mesa. Ni un discurso, ni un escándalo, ni una sola visita. Un horario soltado a bulto, en un centro lleno de gente que había aprendido a pasar de recoger lo que el distrito iba soltando.

Diagram of three Bibb County school schedules: seven classes a day in 2024-25, a year-long rotation, and eight classes alternating in 2025-26
Tres horarios en tres años. Diagrama basado en los horarios descritos en el artículo; no es un documento del distrito.

Salió en una reunión de claustro, como salía en todas partes. La palabra del año era pensamiento crítico; era la palabra de todos los años. Pooler la predicaba como dogma de fe, y puso el ejemplo que claramente ya había puesto antes: los alumnos no necesitaban saber cuál es la capital de Oregón, porque siempre podían buscarla.

Me quedé flipado, joder. Y sigo flipado. El pensamiento crítico es real, e importa, y no flota suelto, desligado del conocimiento. Funciona con conocimiento. Una mente analiza con lo que tiene almacenado: las capitales y las ecuaciones, la tabla periódica, la gramática, las fechas, el vocabulario. Si quitas la memorización, no has liberado al alumno para pensar. Lo has dejado sin nada con lo que pensar.

La investigación sobre este punto no es nueva. Daniel Willingham, científico cognitivo de la Universidad de Virginia, escribió en 2007 una frase que, para mí, zanja la cuestión: «Se puede enseñar a los alumnos máximas sobre cómo deben pensar, pero sin conocimientos previos y sin práctica, probablemente no podrán poner en práctica los consejos que memorizan». En un estudio de 1988, los lectores flojos que sabían de béisbol entendieron y recordaron un pasaje sobre béisbol mejor que los lectores buenos que no sabían de béisbol. En ese pasaje, el conocimiento le ganó a la destreza lectora, hace décadas.

No se puede buscar lo que no sabes que existe. Un móvil encuentra la capital de Oregón en dos segundos, para un alumno que sabe que hay estados, y capitales, y un Oregón. Si le enseñas a un niño que los datos son estorbo y que el móvil es el cerebro, no has formado a un pensador. Has formado a un mero operario de la máquina, a la espera de que la máquina supla la mente que nadie le pidió construir.

Y luego está otra vez la puerta, porque en aquel centro todo acababa volviendo a la puerta. No era solo una queja mía. Era la queja del claustro. Si te plantabas ante el cristal a las 14:55, tenías delante a una plantilla que había dejado de regalar tiempo extra. No lo habían dejado en señal de protesta. Lo habían dejado después de echar cuentas. Según lo veo yo, cada uno había hecho su propia versión de mis cinco minutos: un momento en que el sistema les enseñó el valor exacto de su buena voluntad, y cada uno había ajustado lo que daba a ese valor. Una directora puede llevar así un centro. Funcionará exactamente según contrato, y el coste no aparecerá en ningún libro de cuentas de la oficina central. Aparecerá después, en primavera, cuando lleguen las dimisiones.

Me jubilé en marzo de 2026 y ya no puedo ver esa puerta, así que la describo en pasado y no voy a fingir un ritual que ya no presencio. Lo que sí puedo describir es lo que la construyó, porque atravesé aquella multitud cada día, cinco segundos antes de las 15:00.

El apoyo que no llegó

Preguntad a un profesor de Bibb de dónde le llega la ayuda y observad la pausa. Esa pausa también es una prueba, de un tipo que ningún panel de datos del distrito recoge. En mis once años, la ayuda vino de al lado o no vino. Así se veía su ausencia en el centro donde acabé.

En el otoño de 2022, en mi primera reunión de claustro en Rutland, dos profesores jóvenes, el señor Gunter y una compañera, le preguntaron a Pooler por la posibilidad de crear una Gay-Straight Alliance (GSA), esos clubes escolares que reúnen a alumnos LGTB y a sus aliados heterosexuales. Yo había fundado la GSA de Central dos años antes de trasladarme, así que tenía algo que ofrecer. Según mi versión, la pregunta recibió rodeos en lugar de respuesta. Levanté la mano y me ofrecí a ayudar a los dos profesores a montar el club. Lo que obtuve fue una mirada que solo puedo calificar de amenazante, y después un silencio: quince o veinte segundos, como mínimo, según mis cuentas, antes de que contestara, en el sentido de que yo no interrumpía a otro profesor.

Al día siguiente, la secretaria del centro me mandó llamar. Pooler quería verme después de las clases, en una sala de reuniones grande, donde me la encontré sentada con los dos subdirectores, el señor Nichols y la señorita Stewart, serios y colocados como un tribunal. Según recuerdo, los subdirectores no abrieron la boca en toda la reunión. Yo me había ofrecido, en una reunión de claustro y sobre el asunto que se debatía, a ayudar a dos compañeros a poner en marcha un club de alumnos, y esa oferta se estaba tratando como una falta que exigía una comparecencia formal. Grabé aquella reunión, el 14 de septiembre de 2022. Tenía mi propio motivo: tras el rifirrafe del claustro, quería dejar constancia de lo que se me dijera, de manera que nadie pudiera contarlo después de otra forma. Llevaba apenas unas semanas en un puesto nuevo, y un profesor con años de oficio consideró que las palabras de su propia directora necesitaban un testigo.

La grabación recoge una reunión sobre aquel rifirrafe: sobre mi tono, según su versión, y sobre el hecho de que a ella no se la suele interrumpir. Recoge su respuesta a mi descripción de una visita anterior a mi aula, en la que, delante de mis alumnos, comentó que un alumno nuevo parecía dormido cuando en realidad estaba tomando apuntes. En la grabación insiste en que lo que hizo fue preguntarme. La grabación capta la disputa sobre ese comentario, no el comentario en sí, y un artículo que difumine esa distinción no vale nada.

Y la grabación contiene la frase para la que existe esta sección. El centro, me dijo, lleva la cuenta de cuántas veces llama cada profesor a un administrador. Sus palabras, de la grabación: «cuando llevamos un registro de cuántas veces un profesor llama a un administrador» (“when we keep a record of how many times a teacher calls for an administrator.”). Había, según ella, un gran volumen de llamadas desde mi aula, frente a un número bajo de contactos con padres registrados en Infinite Campus, el programa de gestión escolar. Pedir ayuda, en ese centro, se contaba. Transmitió el argumento, atribuido al señor Nichols, de que un profesor pierde poder cuando llama, y más adelante, en la misma reunión, lo dijo con su propia voz: «pierdes poder cuando nos llamas» (“you lose power when you call us.”). Contar las llamadas, criticar cuántas llamadas se hicieron y castigar a un profesor por pedir ayuda son tres afirmaciones distintas, y este artículo las mantiene separadas. La grabación demuestra las dos primeras con sus propias palabras. La tercera es solo la conclusión que saqué yo, el hombre que las escuchaba.

Su filosofía: contactar primero con los padres, resolverlo en el pasillo, reservar a los administradores para las cinco faltas graves. Concedí ese punto allí mismo, y lo concedo por escrito, el único en que ella tenía razón: mis contactos con padres deberían haberse registrado con más fidelidad. Después le pregunté, sin rodeos, cómo resolvería ella el caso de un alumno que simplemente se negara a cambiar de sitio. Su respuesta no bajó de las alturas de esa filosofía general. En resumen, aquella reunión dejó tres cosas claras: la ayuda se contaba; pedir ayuda le costaba a un profesor su crédito; y, en lugar de ayuda, el sistema por encima del aula ofrecía solo un listón con el que juzgar al profesor. Me citó el estándar 7 del TKES, el sistema de evaluación docente de Georgia, «entorno de aprendizaje positivo», en una sala de reuniones con dos subdirectores mudos. El ambiente de aquella sala era en sí mismo la lección, y no se parecía en nada al entorno de aprendizaje positivo que ella citaba.

Alan Wood standing with the principal of his first school in Japan, September 1991
Mi primer director, en mi primer centro de Japón, septiembre de 1991. También era un sensei. Foto: colección del autor.

Pese a nuestros esfuerzos, la Gay-Straight Alliance nunca llegó a existir en Rutland durante mis cuatro años allí. Lo intentamos aquel curso y seguimos intentándolo durante al menos tres años. La respuesta era siempre una aprobación que tenía que llegar de otra parte: la de la junta, la de no sé quién, una aprobación que nunca llegaba y que tampoco llegaba nunca a negarse del todo. Un club que yo había fundado en Central sin ningún incidente no podía nacer en Rutland. La otra compañera que lo pidió se marchó antes de que acabase ese curso, 2022-23, trasladada a Central. El señor Gunter, un antiguo marine al que sus alumnos adoraban, se fue al curso siguiente, 2023-24, y después se fue del distrito por completo. En mi opinión, a los dos los empujaron a salir. Esa es mi opinión sobre el patrón, no un documento que yo tenga, y lo mismo mi conclusión sobre el motivo: creo que la directora no quería ese club en su centro, y las excusas eran el método. Lo que no es una caracterización es el resultado. No hubo ninguna Gay-Straight Alliance en Rutland High School en mis cuatro años allí. Hubo, en cambio, una reunión grabada.

Había un sistema más en aquel centro. A diferencia del toque informal en la ventana para pedir una guardia, este era oficial, por escrito, y obra de Pooler. En Rutland, para pedir un permiso, aunque fuera para ir al médico, un profesor no se limitaba a registrar la ausencia en los sistemas del distrito, Frontline y ExecuTime, como hacían los profesores de Bibb en cualquier otro centro. Por encima del registro del distrito había un filtro propio del centro: un formulario para pedir permiso, con justificante adjunto, con una semana de antelación como mínimo, y luego esperar a que Pooler lo aprobara. En mi opinión era ridículo, insultante y humillante: el papeleo de chavales que piden permiso para salir, impuesto a profesionales con estudios de posgrado. Más adelante veréis otro ejemplo del mismo sistema, en una compañera que se tomó el día libre después de la fiebre y a la que le exigieron un justificante médico, con la misma lógica: la palabra de una profesora sobre su propio cuerpo no era prueba. La prueba era el justificante. Lo que importaba era el permiso. El formulario se conserva, y aquí está.

Rutland High School Absence Request Form: a building-level leave permission form requiring the teacher's name and ID, the dates, the type of absence with the reason and documentation attached, and the principal's signature on an Approved or Denied line.
El formulario de solicitud de ausencia de Rutland: permiso, justificante y firma de la directora, por encima de los sistemas del propio distrito. Documento: copia del autor.

En diciembre de 2025 aquel sistema se puso a prueba y quedó documentado hasta el último detalle, y puedo recorrerlo casi minuto a minuto, porque lo fui dejando todo por escrito mientras ocurría. El 15 de diciembre me llamó mi clínica dental: había llegado una corona encargada a medida. Era la semana de exámenes finales. El 17 de diciembre los alumnos salían a las 11:15. La colocación de la corona era a las 14:00, una limpieza a continuación, a las 16:00, y yo necesitaba irme a las 13:30. No hacía falta ningún sustituto. No se iba a perder ni un minuto de clase. Entregué el formulario a la señora Braswell, la secretaria del centro, que me advirtió, tal como lo anoté entonces, de que a Pooler no le gustaban los avisos con poco margen. Claro que no. El régimen exigía una semana de preaviso, y una corona que llega según la agenda de una clínica dental no consulta la agenda de una directora. Escribí a Pooler, me disculpé por avisar con tan poco margen, indiqué que saldría a las 13:30 y que no se perdería tiempo lectivo, y ofrecí un justificante médico a mi vuelta. Metí los noventa minutos como permiso por enfermedad en Frontline y ExecuTime, y todo eso encima de su formulario, su justificante y su bandeja de entrada. Dejé anotada también mi propia respuesta a la pregunta que ese régimen estaba construido para que un profesor se hiciera, qué pasa si me deniega la petición: pensaba irme a las 13:30 al día siguiente pasara lo que pasara. En el registro no consta ninguna denegación. Ni una reprimenda, ni un descuento en la nómina, ni resolución de ningún tipo; el episodio produjo papeleo, no castigo. Y esa es justo la historia. Un profesional adulto, en semana de finales, sin ninguna clase que cubrir, tuvo que montar un expediente de permiso para salir del centro noventa minutos antes. El objetivo de ese sistema nunca fue dar una respuesta. El objetivo era que el profesor pidiera permiso, joder.

Hasta el lado ceremonial funcionaba con formularios. En mayo de 2025, una circular de la dirección que conservo le encargó al claustro un poco de sinceridad con fecha límite: tres cartas distintas para alumnos de último curso, de al menos 175 palabras cada una, cada una empezando por «Querido Hurricane» (el nombre con el que se designa a los alumnos del centro, por su mascota), impresas, firmadas y entregadas a la señora Braswell antes del martes a mediodía. No les regateo a los alumnos sus cartas. Lo que cuenta es la forma del encargo: un gesto que debía salir del corazón, especificado hasta el número de palabras y recogido por la secretaria. Hasta la despedida, en aquel centro, era un formulario con plazo.

Mi propio departamento da un ejemplo pequeño de apoyo que no llegó, visible en su lugar en el organigrama. El departamento de lenguas extranjeras de Rutland, en la práctica el de español, dos profesores, siempre solo dos, era el único del centro sin jefe de departamento. Creo que el motivo era el complemento salarial que lleva el cargo, y que el centro no quería pagar. Sin jefe, el departamento quedaba fuera del circuito de comunicaciones de las jefaturas, y se enteraba tarde de las noticias y las decisiones del centro. Los demás departamentos lo sabían antes. Las decisiones de personal posteriores remataron lo que aquel desaire había empezado. Me jubilé en marzo de 2026, tras avisar con mucha antelación, y no me sustituyeron. La otra persona que daba español conmigo al final se marchó al condado de Houston en mayo de 2026. Al terminar ese curso, los dos profesores de español de Rutland se habían ido.

La propia página de Lenguas Extranjeras del centro recoge ahora a un solo profesor, donde antes había un departamento. Ese sustituto a jornada parcial es un profesor de español jubilado de Bibb, al que han vuelto a llamar tras al menos cuatro años de jubilación, probablemente cinco o más. Esto no es una crítica a ese hombre. Volvió para echar una mano. Es una crítica a un sistema que dejó que un departamento de dos profesores a jornada completa se quedara en nada, y luego le pidió a un jubilado que sostuviera lo que quedaba con un horario de jornada parcial.

Las normas estatales de jubilación limitan cuánto puede dar clase un jubilado con pensión. Ese tope es el quid. Toda la oferta de idiomas de Rutland descansa hoy en un hombre al que el estado no permite trabajar a jornada completa. Un centro del tamaño de Rutland, con 921 alumnos en 2024-25, debería tener al menos tres profesores de idiomas a jornada completa, según el criterio que yo fijaría: los suficientes para dar español 1 y español 2 en grupos completos y seguir ofreciendo español 3, español 4 y AP. Frente a ese criterio, Rutland tiene medio profesor. Lo he llamado más que ridículo, y lo mantengo, porque ni de lejos salen las cuentas.

El panorama fuera de Rutland no es mucho más amplio. El directorio de Central recoge tres profesores de idiomas, dos de español y uno de francés. La página de Howard High School recoge dos, ambos de español, uno de ellos jefe de su departamento. La guía del distrito para 2024-25 ofrece francés y español en modalidad presencial en todo el distrito. Esa oferta presencial de dos lenguas es el techo del distrito entero. Un centro como Rutland debería ofrecer más que español: francés, chino mandarín, árabe u otra lengua moderna con demanda en el mundo laboral. El distrito en su conjunto no ofrece eso de forma presencial. Todo lo demás llega a través de la Georgia Virtual School, el programa estatal de cursos en línea, no de un profesor del centro.

Hay una segunda razón, válida para todo el distrito, por la que los jefes de departamento habrían tenido poco con lo que trabajar. El condado de Bibb mantiene una gran vía de contratación internacional de profesores, y las cifras constan en el expediente. Stephanie Hartley, responsable de comunicación de Bibb, dijo a The Macon Newsroom el 30 de abril de 2025 que los centros de Bibb contaban con aproximadamente 395 profesores con exención o en vías de habilitación y 90 profesores internacionales ese curso, 2024-25. Esas dos cifras pueden solaparse, así que no se suman. El distrito mantiene una página de empleo para profesores internacionales (International Teachers) y un Acuerdo de Intercambio Cultural TPG figura como anexo público de la junta de Bibb, parte de la vía J-1 del distrito, la del visado de intercambio. Los datos federales del ejercicio 2025 muestran 41 solicitudes de condición laboral y 35 peticiones H-1B (visado de trabajo para profesiones especializadas) aprobadas para el distrito, según MyVisaJobs, y Bibb ocupa el puesto 15 entre los distritos de enseñanza no universitaria (K-12) de Estados Unidos en aprobaciones H-1B de profesores.

Washington fija esos relojes, no el distrito, y los relojes no son ningún secreto. Un profesor J-1 empieza con un periodo base de 3 años. Una prórroga de 1 o 2 años, hasta un máximo de 5, es posible, pero no es automática: tiene que pedirla el centro anfitrión. Después, el profesor debe residir fuera de Estados Unidos durante 2 años antes de repetir el programa. La carta del Departamento de Estado al centro anfitrión dice que el programa «no está pensado como vía hacia un empleo permanente». Un H-1B dura hasta 3 años más otros 3, con un máximo de 6. Cada paso del trámite corresponde al empleador. Pasados los 6 años, un profesor solo se queda mediante la residencia permanente (la green card) patrocinada por el empleador.

Quedan tres opciones, y las tres son del distrito, no de Washington. El distrito puede pedir la prórroga J-1 para los años cuarto y quinto. Puede tramitar el H-1B. O puede iniciar el patrocinio hacia la residencia permanente. Un distrito que no elige ninguna de esas opciones ha elegido que se vayan, mientras el papeleo señala a Washington. Ese es el argumento más fuerte, y el más justo. El reloj era federal. Las decisiones eran locales, y no hacer nada también era una decisión. Las solicitudes muestran la opción que ha tomado el distrito: en los registros federales de patrocinio, en todos los años que abarcan, Bibb no ha presentado ni una sola petición para patrocinar a uno de estos profesores para la residencia permanente.

La página de contratación internacional del distrito recoge Matemáticas, Ciencias y Educación Especial, no idiomas. No afirmo que esta vía cubra clases de idiomas en concreto. El riesgo es estructural, y es fácil de ver. Un departamento de idiomas con dos o tres profesores, como los de Central y Howard, tiene poco margen cuando vence un plazo migratorio. Añadid un departamento sin jefe, sin plantilla a jornada completa y sin medios, y que el personal entre y salga sin parar no es ninguna abstracción. Es el plan de contratación, con un reloj federal encima.

Cada año entraban peticiones modestas de materiales de español: libros, casi todos digitales. Un colega pidió Señor Wooly, un recurso en línea para clases de español. Yo pedí una cuenta premium de diccionario y otros servicios premium de español. Las respuestas tenían siempre la misma forma: visto bueno de boquilla, promesa de presupuestarlo y luego nada. Los recordatorios caían en saco roto. En once años, no se financió ni una sola petición de material para las clases de español. Nunca se negó con palabras. Se aprobó con palabras y se dejó sin dinero. Así se deja morir una petición: a base de dar largas y de encogerse de hombros. Es el mismo apoyo que faltó en la jefatura, en las contrataciones y en la vía internacional.

El apoyo, en este centro, no llegó tarde. Nunca llegó. No llegó en forma de jefatura, de contratación, de vía estable ni de libro.

La última prueba ocurrió en el otoño de 2025, mi último curso. Es una historia de golosinas, y es una de las razones por las que me jubilé.

En una reunión de claustro después de clase, en el centro de recursos de la biblioteca, la dirección había puesto golosinas variadas sobre las mesas. Una compañera y yo estábamos solos en una mesa pequeña, bromeando antes de que empezara la reunión sobre el único Reese’s cup que quedaba en la mesa (esas tacitas de chocolate rellenas de crema de cacahuete) y sobre cómo lo resolverían dos adultos locos por los Reese’s: como personas civilizadas. En la sala había además un cubo gigante con forma de calabaza, de los de Halloween, con más golosinas para quien quisiera más. (Es decir, no faltaba dulce. Solo faltaba el Reese’s.) Un instructor de ROTC, el programa de instrucción militar para alumnos que hay en muchos institutos de Estados Unidos, recién contratado, pasó junto a nuestra mesa, nos miró, cogió el Reese’s y se lo metió en el bolsillo. Supuse que era una broma. Le pedí con educación, dos o tres veces, que me lo devolviera. Me miró como si el raro fuera yo, y se lo quedó. Minutos después, el entrenador jefe se acercó a nuestra mesa y se llevó el resto de nuestras golosinas, con la misma mirada. Le planté cara: devuelve las golosinas, que ella las quiere de vuelta. Se negó, y después dijo algo en el sentido de: lo arreglamos después de clase, en el aparcamiento. Doy las palabras en lo esencial y dejo que las sopese el lector; yo las oí, razonablemente, como una amenaza.

Un compañero me había quitado comida de mi mesa delante de una sala llena de profesionales y, cuando protesté, me propuso el aparcamiento. Fue una conducta de matón, más propia de un trullo que de un instituto. En aquella sala había un cubo de golosinas al alcance de cualquiera. Las golosinas nunca fueron la cuestión, y todos los que estábamos en esa mesa lo sabíamos. Escribí a Pooler un correo ese mismo día contándole lo ocurrido. Dijo que había entrevistado a mi compañera, y que mi compañera no creía que fuera para tanto. Hablé yo mismo con mi compañera. Respaldó mi versión y estaba muy alterada por el incidente. Dijo que los dos hombres afirmaban que estaban de broma. La alusión al aparcamiento, me contaron, quería decir que él quería hablarlo conmigo. Ese fue el final del asunto, por lo que llegué a saber: no recibí ninguna otra respuesta de fondo, y no me queda nada por escrito, porque mi correo vivía en mi cuenta del distrito y el distrito borró esa cuenta cuando me fui.

Allí sentado, con aquella respuesta delante, decidí que ya no podía aguantar más. Le he dado vueltas a esa frase desde entonces. Nadie se jubila por un Reese’s cup. Se jubila cuando ha aprendido exactamente cuánto valen su seguridad y su palabra para las personas que dirigen su centro. Una amenaza denunciada por escrito, cerrada con la excusa de la broma, una interpretación nueva de la alusión al aparcamiento, y una testigo que me pintaron como si pasara del asunto, aunque en realidad le había afectado. Aplica esa misma respuesta a cada queja que presente un claustro en cuatro años y tendrás la verdadera política disciplinaria del centro para los adultos.

Eso es el apoyo al estilo del condado de Bibb, tal como lo recibí yo: de los de al lado, cuando llegaba; contabilizado, cuando lo pedía a los de arriba; y reducido, al final, a un encogimiento de hombros ante una amenaza. La siguiente sección trata de la única vez que le pedí algo pequeño a la cúspide del organigrama, y de lo que hizo la cúspide con la pregunta de un profesor.

El expediente Adams

La parte 4 os presentó a Kevin Adams como un nombre en una línea del directorio de contactos. Este es el hombre que me contestó. Adams es el director de tecnologías de la información (CIO) del distrito, nombrado el 16 de junio de 2022, tras dos meses como interino. Su camino hasta ese puesto: un título por Furman en 1999, en matemáticas y ciencias de la computación; un máster por la Universidad de Georgia; un título de especialista por Lincoln Memorial; trece años dando clase de matemáticas; la dirección de una middle school, un centro de la primera etapa de secundaria estadounidense, anterior a la high school; y después la dirección de investigación, evaluación, valoración y rendición de cuentas. El expediente que encontré no recoge ningún puesto anterior en el ámbito tecnológico. Su perfil de diciembre de 2023 en CoSN, la organización de líderes de tecnología escolar, no recoge ninguna credencial CETL, cuando los de sus homólogos sí la recogen. No afirmo que su nombramiento fuera irregular. Afirmo que nadie lo examinó. Lo que sí puede examinarse es lo que hizo en ese puesto.

The Bibb County School District central office at 484 Mulberry Street in downtown Macon, Georgia
La oficina central del distrito escolar del condado de Bibb, en el 484 de Mulberry Street, en pleno centro de Macon. Foto: Google Street View.

Según la política IFBG, el control del filtro de internet del distrito está en la oficina del distrito. Un profesor que quiere un programa en su aula lo manda por un trámite de aprobación, y lo que sobrevive pasa al Catálogo de Recursos Digitales. Un profesor de Bibb no decide qué pueden abrir sus alumnos. Lo decide la oficina, aplicación por aplicación, y la apelación la resuelve la misma oficina que cerró la puerta. Programo desde los trece años y esta web me la monté yo mismo; no era de esos a quienes el ordenador les viene grande.

El primer fallo no fue una aplicación. Fue Canvas, la plataforma de aprendizaje en línea a través de la cual tenía que dar clase todo profesor de Bibb. Lo apunté en noviembre de 2023, mientras pasaba: Canvas llevaba casi tres meses sin funcionarme y la oficina de tecnología no lo había arreglado. Lo arregló el soporte técnico de Canvas, después de que me saltara al distrito y fuera directo al proveedor.

Luego vino Duolingo, y el papel sobrevive, porque conservé en mis archivos toda la batalla. Mis alumnos usaban Duolingo desde hacía cinco años. El 4 de octubre de 2023 dejó de funcionar en mi aula, la 248, bloqueado por la configuración de seguridad de Chrome del distrito, mientras que el mismo programa funcionaba en mi propio ordenador. Un técnico atendió mi incidencia al principio. Después se quedó veintisiete días sin resolver, en un curso que no iba a esperar a nadie. El 31 de octubre, Lee Norfleet, especialista del centro de recursos (la biblioteca) de Rutland, la elevó por escrito: una incidencia abierta casi un mes antes seguía sin atender, y este profesor estaba muy disgustado. Ese mismo día, la oficina contactó por fin con la propia Duolingo. Lo que acabaron haciendo no fue una reparación. Fue la decisión de denegar el uso de la aplicación.

La respuesta del distrito se conserva palabra por palabra, porque la cité en un mensaje al equipo de asistencia de Duolingo el 1 de noviembre de 2023: «Esta aplicación no se está aprobando debido a sus políticas actuales de marketing y a su política sobre enlaces de terceros. Tendrá un estado denegado en el Catálogo de Recursos Digitales». Una aplicación averiada se había convertido en una decisión. Manda cojones. Recurrí el 27 de noviembre, ante Adams y ante Susan Jones, de enseñanza y aprendizaje. Jones contestó al día siguiente con la única pregunta útil de todo el proceso, hecha cuando la aplicación ya estaba denegada y no antes: ¿qué aporta Duolingo que no aporte el currículo que el distrito tiene adoptado, Vista Higher Learning? La respuesta de fondo de Adams llegó el 13 de diciembre. Me dio las gracias por mi pasión y mi experiencia. Citó un artículo de PCWorld sobre correos de phishing que habían usado el nombre de Duolingo. Dijo que otros distritos negaban la aplicación por su publicidad dirigida. Invocó la alineación con 1EdTech, el consorcio de estándares, como parte del fundamento de la denegación. La denegación era definitiva. Yo podía decirles a mis alumnos que quizá la aplicación les ayudara en su tiempo libre. El 18 de diciembre pedí que la versión escolar, sin publicidad, se evaluara por sus propios méritos. No llegó ninguna revocación.

Timeline of the Duolingo dispute, from the October 4, 2023 classroom ticket through the escalation and denial to Kevin Adams's December 13, 2023 reply
De una incidencia sin resolver a una solicitud denegada. Cronología basada en las fechas del artículo.

Sobre la autoridad que invocó Adams: hice los deberes que la oficina no había hecho. Bibb es miembro contribuyente de 1EdTech desde 2019, antes de que Adams ocupara el puesto. Él no trajo el consorcio a Bibb. Lo defendió: en el Informe Anual 2022 del consorcio llamó al servicio TrustEd Apps «un primer paso increíble para comprobar la verificación». Las cuotas de Bibb sumaron 16.400 dólares entre los ejercicios 2022 y 2025. El consorcio describe su proceso de verificación como una revisión de los documentos de política que una aplicación tiene a disposición del público, contrastados con unos criterios establecidos. No comprueba por su cuenta cómo funciona de verdad la aplicación. Georgia es miembro de 1EdTech a escala estatal desde agosto de 2022, lo que plantea una pregunta que nadie desde las oficinas del distrito ha contestado: ¿Qué estaba pagando Bibb que no hubiera pagado ya el estado? El 8 de diciembre de 2023, cinco días antes de la carta de Adams, le pregunté a 1EdTech qué hacía en realidad. Monica Watts, su directora sénior de Innovación en el Aprendizaje, contestó ese mismo día que 1EdTech facilita a sus miembros el acceso a los resultados de la verificación y no se dedica a calificar aplicaciones una por una. Esa respuesta no demostraba que Duolingo fuera seguro ni que el distrito debiera haberlo aprobado. Demostraba algo más acotado: 1EdTech no había emitido ninguna calificación individual de Duolingo que Adams pudiera citar como motivo para denegarlo. Su carta invocaba a una organización cuya valoración no respaldaba la conclusión que se le atribuía.

Poned los fallos uno al lado del otro. Una plataforma obligatoria falló durante una temporada y la arregló el proveedor. Un programa que llevábamos cinco años usando dejó de funcionar por la configuración del distrito, y la oficina convirtió la avería en una denegación. Nada de lo que salió mal en esa oficina le causó jamás un problema a esa oficina. Los marrones caían en el aula 248, delante de treinta alumnos, a las 8:00 de la mañana.

Otra conversación con Adams tuvo que ver con mis estudios de doctorado. A diferencia de la correspondencia sobre Duolingo, este intercambio solo se sostiene en mi recuerdo. Adams me dijo, de palabra, que yo no tenía permiso para hacer el doctorado y que tenía que presentar la documentación correspondiente. Es solo mi testimonio: ningún mensaje recuperado, de ninguna de las partes, menciona que se pusiera en cuestión mi doctorado, y el distrito borró mi cuenta cuando me fui. Mi título era un doctorado de investigación en Lingüística por la Universidad Interamericana de Puerto Rico, terminado en febrero de 2026. No era un proyecto de un profesional en ejercicio sobre el condado de Bibb, y nada en él exigía autorización del distrito para seguir adelante. Un profesor que había ido a la oficina de tecnología por una aplicación bloqueada se vio, joder, defendiendo su investigación doctoral ante el jefe de tecnología. Dos nombres de lo más alto del organigrama de la parte 4 me contestaron en este episodio. Uno preguntó. Otro dijo que no.

Mi veredicto sobre el hombre: sobre el papel, Adams fue cortés, y esta sección ha reproducido su cortesía allí donde el papel la muestra. En las decisiones que llegaron a mi aula, su oficina tardó en arreglar lo que había roto, fue rápida en convertir una avería en una denegación y estuvo dispuesta a apoyar esa denegación, en parte, en una autoridad que, preguntada directamente, dijo que no se había pronunciado. Cuando se agotaron las razones, la respuesta fue la autoridad, y cuando se cuestionó la autoridad, la conversación se trasladó a mis papeles. Un profesor le pidió ayuda al sistema de apoyo con las herramientas de su oficio, y el máximo responsable de tecnología contestó a una pregunta sobre un programa informático con una conversación sobre un permiso que el profesor no le debía.

La silla vacía

Estas historias ocurrieron dentro de un patrón que se puede medir, y la medición es peor que las historias. Aquí, retención quiere decir la proporción de profesores de un distrito que siguen dando clase en ese mismo distrito al año siguiente, tal como la mide el panel de datos Educator Pipeline del Departamento de Educación de Georgia, y no el recuento más halagüeño de quienes vuelven a un aula en algún punto de Georgia. Con esa medida honesta, Bibb pierde profesores más deprisa que el estado y más deprisa que sus vecinos: en 2025 Bibb retuvo al 82 por ciento de sus profesores, y el condado de Houston, a veinte minutos por carretera, al 89 por ciento, con la misma definición, el mismo año y la misma economía. Bibb estuvo por debajo de la media estatal de permanencia en el mismo distrito todos los años de 2021 a 2025, y en 2023 se desplomó hasta el 75 por ciento, a contracorriente de una tendencia estatal al alza. Una escasez de profesores a escala estatal afecta a todos los distritos de Georgia. Bibb pierde profesores a un ritmo mayor que los distritos que lo rodean, y la escasez estatal por sí sola no explica esa diferencia.

Bar chart of teacher retention in 2025: Bibb County 82 percent, Houston County 89 percent
Retención docente, 2025: condado de Bibb, 82 por ciento; condado de Houston, 89 por ciento. Fuente: panel de datos Educator Pipeline del Departamento de Educación de Georgia.

La escala salarial apunta en la misma dirección, y la desventaja crece cuanto más tiempo lleva un profesor en el puesto. Según las escalas publicadas para el ejercicio 2027, el condado de Houston paga a un profesor novel 1.706,70 dólares más que Bibb, y la diferencia se ensancha con cada año de servicio hasta que, con veintiún años o más y un doctorado, llega a 11.841,46 dólares. Una escala de 2027 no puede explicar una dimisión de 2025, y este artículo no le pide que lo haga. Lo que sí explica es la opción salarial que tiene siempre a mano todo profesor veterano de Bibb: cuanto más tiempo has servido a este distrito, más dinero puedes ganar largándote de él. Los profesores hacen esa cuenta. No es matemática avanzada, y el resultado tampoco.

El propio estudio que encargó el distrito está de acuerdo, a su manera prudente: situó la tasa de salida de profesores de Bibb (separation rate) en el 16,8 por ciento, frente a un 11,9 nacional, en un estudio por el que el distrito pagó 58.050 dólares; describió la gestión por encima de las aulas como fragmentada, dividida y desigual, y admitió que el distrito no puede diagnosticar por qué se marchan sus profesores con una encuesta de salida que nueve de cada diez de los que se van ignoran.

Detrás de esas cifras de retención hay un distrito cada vez más dependiente de profesores que todavía no han completado su habilitación. La propia responsable de comunicación del distrito cifró en unos 395 los profesores en vías de habilitación (emerging educators) que trabajaban en los centros de Bibb en 2024-25, contratados al amparo de la exención estratégica del estado mientras completan la habilitación. Ese mismo año se contabilizaron también unos 90 profesores internacionales; ambas categorías pueden solaparse. Un distrito que no logra retener a sus veteranos llena sus aulas de principiantes con exención, y los principiantes, en todos los estudios que ha pagado el distrito, son los profesores con más probabilidades de irse. La exención no es un puente provisional sobre el problema de la silla vacía. Cada vez más, forma parte permanente de la plantilla.

Illustration of an empty teacher's chair before a desk and a blank whiteboard in a bare classroom, late-afternoon light
Ilustración.

Lo que los números no pueden mostraros es un rostro. Dejad que le dé a la silla vacía tres.

El primero pertenece a una compañera de Rutland, una persona realmente decente en un centro que no se especializaba en la decencia. Alrededor de un año antes de que yo me jubilara, se despertó una mañana enferma, con fiebre. El protocolo del centro para un profesor enfermo era avisar a la directora, y lo siguió al pie de la letra: le escribió por mensaje a Pooler al menos tres veces, cuatro según su propia cuenta. No hubo respuesta. Le escribió un correo. Nada. Consiguió hablar con la secretaria del centro, que le dijo que bajara en persona en su descanso o a la hora de comer y se lo explicara. Así que una profesora con fiebre se plantó en la oficina y explicó que estaba enferma y necesitaba irse a casa, y la respuesta que recibió, tal como ella me la transmitió, fue esta: bueno, ¿te estás muriendo? Porque si no te estás muriendo, creo que puedes quedarte hasta el final del día. No se le permitió marcharse antes de las 15:00, aunque los alumnos ya se habían ido a las 14:35. Se tomó el día siguiente libre, como hacen las personas enfermas, y entonces se le exigió un justificante médico. Ya no da clase en el condado de Bibb. Aquí sigue sin nombre, porque no se le ha pedido permiso para nombrarla, y este artículo no gasta el nombre de una compañera sin él. Pero la forma comprobable de la historia no necesita el permiso de nadie: una buena profesora le pidió a su directora un solo día de baja por enfermedad, le preguntaron si se estaba muriendo, y ahora trabaja en otro sitio. La brecha de retención tiene un rostro, aunque el rostro no lleve nombre.

El segundo rostro es el de una joven profesora de ciencias de Rutland, y tampoco aquí tiene nombre, porque no pidió nada y no voy a gastar su intimidad para reforzar mi argumento. Dio clase dos años. En mi opinión lo tenía todo: autoridad natural en el aula, el respeto de alumnos y compañeros, eso que no se le puede meter a nadie a base de formación. Separó una pelea entre alumnos y salió herida, y recibió después, según observé, muy poca comprensión por parte de la dirección de su centro. Me confió, con sus propias palabras, que no soportaba a la directora, y me dijo que se marchaba por ella. Se fue en marzo de 2026, el mismo mes en que me jubilé. No se trasladó a Houston. No se trasladó a ninguna parte. Después de dos años, dejó la enseñanza del todo. No es una ganancia para otro distrito. Es una pérdida para la profesión. Las cifras de retención por asignatura del distrito corresponden a otro año, y las mantengo en su propio marco: en 2025, la retención en ciencias fue del 67,92 por ciento, una de las peores del distrito; es decir, aproximadamente uno de cada tres profesores de ciencias no volvió al condado de Bibb ese año. Su salida de marzo de 2026 no está dentro de esa cifra. Una cifra anual de retención ni siquiera ve una salida a mitad de curso como la suya, lo cual es en sí mismo una acusación silenciosa contra el instrumento.

El tercer rostro es un patrón, y es el que viví yo. En cuatro años en Rutland vi irse cada año a un número altísimo de profesores, incluido mi primer año allí. No tengo las estadísticas exactas, y este artículo no finge tenerlas, porque la estadística que lo resolvería, la retención centro por centro, es una que el distrito tiene y no publica. Lo que tengo es lo que tenía el claustro: la experiencia, repetida hasta convertirse en el clima del centro, de conocer a alguien y descubrir al año siguiente que ya no estaba. Los compañeros me lo decían con esas mismas palabras, año tras año. Eso no es una estadística. Es lo que se siente desde dentro del edificio cuando la estadística que zanjaría la cuestión no se publica, y el distrito podría desmentirlo mañana mismo publicando la cifra. No lo hace.

Los alumnos también vieron las sillas vacías. En los hilos públicos de la propia comunidad de Rutland, una antigua alumna cuenta que oyó a una profesora de matemáticas decirle a su clase que se iría a final de curso por la directora. Otra antigua alumna describe dos años de instituto sin profesor de matemáticas, con otros profesores de matemáticas que se ofrecían a echar una mano y a quienes no se les dejaba, y con alumnos que pedían un profesor y a los que se les decía que no les importaba su educación. Son voces de alumnos, parafraseadas y depuradas, sacadas de un hilo público y etiquetadas como lo que son. Ponedlas junto a la cifra de ciencias y a mi propia experiencia en los pasillos, y dejan de sonar a quejas sueltas. Suenan a un patrón regular. Un centro que no consigue retener a sus profesores no puede cumplir lo que promete. El baile de sillas llegó también a la dirección: las dos personas que ocuparon la subdirección en mi último año en Rutland habían dejado su silla en cuestión de meses. Quien había llegado el año anterior se fue al cabo de un solo año; quien ocupaba la subdirección desde 2017 trabaja ahora pasillo abajo como responsable de participación familiar del centro. Los relevos se anunciaron el 18 de junio de 2026. ¿Por qué entra y sale tan deprisa todo el que rodea a Wendy Pooler, en todos los niveles del centro?

Escribí sobre esto antes de que empezara la serie, en “12 Reasons Why Teachers are Quitting and How to Keep Them in the Classroom.” Bibb está viviendo la versión local de esa misma lista.

Antes de saldar cuentas, este artículo le debe al lector la respuesta a la pregunta que planea sobre todas las secciones anteriores: si el centro era así, ¿por qué se quedó alguien, y qué pintaba yo todavía en un aula en mi undécimo curso? La respuesta honesta empieza con una confesión sobre el tipo de profesor que era. Dominaba la materia y preparaba clases que enganchaban, y los alumnos decían, y yo los creía, que era un buen profesor. No era, ni soy, fuerte en lo interpersonal, no como lo imaginan los carteles de la profesión. Recuerdo caras. Los nombres me cuestan horrores. Un alumno puede pasar un año en mi aula y, años después, reconoceré su cara en la cola del súper y no seré capaz de sacar su nombre ni a tiros. Lo que tenía en su lugar era una vida que a los alumnos les parecía interesante, y las ganas de dejarles entrar en ella.

A mis alumnos les flipaban mis años en Japón, y esa fascinación pasaba, más que por nada de lo que yo mandara, por el anime y el manga. Me preguntaban de todo. Cuánto se gana allí. Qué se come. Cómo funciona el colegio allí, y yo les explicaba la escalera 6-3-3 (seis años de primaria, tres de secundaria obligatoria y tres de bachillerato) y la bifurcación que hay en ella entre los institutos académicos y los de formación profesional. Pero lo que más tiraba era la lengua en sí. Cómo se dice buenos días. Cómo se dice gracias. En mi clase de español, adolescentes de Macon le suplicaban a su profesor una tercera lengua, y yo se la daba, encantado, fuera de cualquier programación didáctica jamás escrita.

Alan Wood standing with junior high school students in gym uniforms at a school sports day in Japan in the early 1990s
Día de deportes en un instituto japonés, en mis primeros años allí, rodeado de mis alumnos. Foto: colección del autor.

Uno de ellos me pidió que le enseñara unas palabras en japonés, y le enseñé a la clase dos buenas. La primera fue gomasuri (ごますり). Va con un gesto: una palma abierta, la otra mano en puño, frotando en círculo, como quien muele sésamo. En Japón significa hacer la pelota: ser un pelotillero, la adulación con brillo, la función completa. La segunda fue urusai (うるさい), que significa ruidoso, molesto, y, dicho en el tono adecuado, significa cállate. Aquel chaval se pasó casi el resto del curso alternando las dos, soltándolas donde no pegaban. Si un compañero se ponía respondón, o sarcástico, o simplemente gracioso, él lo señalaba, muy solemne, y anunciaba: gomasuri. Si otro armaba jaleo, salía urusai. Luego me miraba, asentía y me sonreía. No tenía casi nada que ver con los significados, y era lo más divertido de mi jornada escolar. Me partía de risa cada vez que lo hacía. Dudo que muchos de mis alumnos recuerden mucho español. Casi juraría que todos recuerdan qué significan gomasuri y urusai.

Estaban luego las lecciones que no figuraban en ningún currículo de Bibb y que ningún administrador revisó jamás, porque las daba bajo mi propia autoridad, en los márgenes y a propósito. Les expliqué qué es un fondo indexado, que conviene abrir pronto una Roth IRA (un plan de jubilación individual con ventajas fiscales) y aportar el máximo cada año, y qué es un dividendo y por qué una nómina no es la única forma de que llegue el dinero. A algunos los dejó embobados, porque ningún profesor les había hablado nunca de acciones. Les hablé de los exámenes CLEP, las pruebas que permiten a un alumno conseguir créditos universitarios de verdad por lo que ya sabe, y aquí debo hacerle al lector una aclaración que se merece: mi propia tienda vende ahora material de estudio para el CLEP, años después de haber enseñado esto en aquella aula. Yo mismo hice esas pruebas siendo alumno de instituto y reuní créditos gratis, y cuando saqué el tema con mis alumnos de último curso descubrí que, entre los que pregunté, ninguno sabía que el programa existía. En agosto de 2025 propuse arreglar eso dentro de la propia maquinaria del centro: una sesión de tutoría, folletos, diez o doce minutos para decirle a todos los alumnos de último curso del edificio que los créditos universitarios gratuitos tenían una puerta y dónde estaba. No afirmo que el centro me hiciera caso. Afirmo algo más simple: miré lo que mis alumnos no sabían sobre dinero y universidad, juzgué que el sistema no iba a contárselo, y se lo conté yo. Eso, tanto como cualquier tabla de verbos, es para lo que servía mi aula, y por eso este artículo es una acusación contra un sistema y no una confesión de que aquellos años se echaron a perder. Se emplearon, por mí y por los profesores de estas secciones, en aulas en las que el sistema que teníamos encima había dejado en gran medida de entrar.

El espejismo, desde dentro del aula

La parte 3 de esta serie, The Graduation Mirage, puso dos cifras una junto a otra: alrededor del 89 por ciento de los alumnos de Bibb se gradúa, y alrededor del 23 por ciento alcanza el nivel exigido (proficient). No voy a volver a litigarlo; el expediente está aquí para quien lo quiera.

Esta sección pregunta cómo se vive esa diferencia desde el lado del profesor, desde detrás de la mesa.

Graphic of the two numbers of the graduation mirage: 89 percent of Bibb County students graduate, 23 percent score proficient
El 89 por ciento se gradúa. El 23 por ciento alcanza el nivel. Según lo publicado en la parte 3, The Graduation Mirage.

Empezad por el mecanismo que un alumno de un hilo público ya nos ha servido en bandeja. Una clase de último curso pasó los dos primeros meses del año escolar sin profesor de matemáticas. La pusieron en Edgenuity, la plataforma en línea con la que se obtienen créditos, y, según el relato del alumno, terminaron el curso y aprobaron el examen. Después contrataron a un profesor. El trabajo ya completado se tiró a la basura y la clase empezó de nuevo desde el principio, como si no se hubiera aprendido ni ganado nada. Fijaos en lo que enseña esa secuencia, porque los alumnos aprenden las lecciones del sistema con más fiabilidad que las del currículo. Enseña que el crédito sale de cumplir horas de pupitre y de la comodidad administrativa, no del aprendizaje demostrado, ya que el aprendizaje demostrado se tiró. Enseña que el diploma al final del recorrido lo decide el calendario, no el aprendizaje. Cuando los alumnos pueden conseguir créditos sin demostrar de forma constante que dominan la materia, tienen menos incentivo para tratar el aprendizaje de verdad como algo necesario para graduarse.

La recuperación de créditos (credit recovery) plantea una preocupación afín: los alumnos pueden conseguir los créditos necesarios para graduarse sin dominar todo el contenido que esos créditos deberían representar. Lo describo desde mi experiencia como profesor, no desde una auditoría de cursos concretos de todo el distrito. A un alumno que ha suspendido una asignatura, o que, en los casos de plaza vacante, nunca llegó a recibirla de verdad, se le encauza hacia un itinerario comprimido en línea, donde el contenido del semestre se presenta de nuevo en un formato pensado para terminarse. Algunos alumnos en recuperación trabajan con honestidad y aprenden cosas reales, y yo tuve alumnos de los que me sentí orgulloso justo en esas circunstancias. Pero el diseño se delata solo. Este es mi argumento, no un documento: el itinerario de recuperación existe para que el alumno vuelva a su promoción y se gradúe a tiempo. El itinerario tiene que entregar el crédito. Lo que nadie en esa sala tiene que entregar es el nivel. Mientras tanto, los alumnos llegan a un aula de instituto con años de retraso respecto al nivel que el curso da por supuesto, con créditos que certifican haber pasado por la materia, pero no que la dominen, y al profesor le toca lidiar con la distancia entre lo que dice el expediente académico y lo que el alumno sabe de verdad. El papel del profesor en el espejismo es ser la única persona del centro que tiene que mirar las dos cifras a la vez, cada día, en las caras de treinta alumnos.

El espejismo tiene un rostro humano en el registro público, y es anterior a la petición en más de un año. En una publicación pública de agosto de 2023, Kaytlynn Epps escribió sobre su primo, un alumno de último curso de diecisiete años, de una familia de militares, que había vuelto a Georgia para cursar su último año en Rutland. Al matricularse, según la versión de la familia, Pooler solo le convalidó cinco de sus créditos, le dijo que no se graduaría hasta los veintiún años y le aconsejó sacarse un GED (el título de equivalencia, por examen) en lugar del diploma. Epps escribió que a ella le había pasado lo mismo unos dos años antes, cuando quiso volver a matricularse después de estudiar en línea: le aconsejaron el GED, siguió el consejo y todavía le escuece haber sido disuadida de una experiencia normal de instituto. Esas son las afirmaciones de la familia, y las doy como lo que son. Su pregunta en la publicación es la pregunta del espejismo, hecha desde el otro lado de la mesa: ¿cuántas personas tienen que quejarse antes de que alguien escuche?

Un distrito puede imprimir el 89 por ciento en una pancarta. No puede imprimir lo que aprendieron los alumnos de esas aulas sobre lo que valían sus créditos. Lo aprendieron de todos modos.

Otras voces

La réplica más barata del distrito a todo lo anterior cabe en una palabra: resentido. Un hombre, un centro, un jubilado con cuentas pendientes. Por eso existe esta sección, y su método queda por escrito antes que su contenido. Los relatos que siguen salen de publicaciones y comentarios públicos en grupos comunitarios abiertos, y de una página pública de petición. No se entró en ningún grupo cerrado ni se leyó su contenido; a los grupos privados de profesores, donde se concentra el desahogo, no se accedió. Varias de las voces llevan nombre, porque publicaron con el suyo, a la vista de todos. Otras se identifican solo por lo que ellas mismas dicen ser. Presento estas declaraciones como relatos personales publicados en internet, no como hallazgos verificados por separado. No afirmo que el coro sea representativo. Afirmo que existe, en público, y que dice a coro buena parte de lo que yo he dicho a solas. Una voz sola se despacha como cuestión de carácter. Un coro hay que contestarlo como prueba, y a este nadie lo ha contestado.

Primero, el lado del profesorado, porque suena a mi propia carrera leída en voz alta. Una mujer que se describe como profesora durante cuarenta años en el distrito escolar del condado de Bibb, plenamente jubilada desde mayo pasado, respondió a una publicación pública sobre los sueldos de la oficina central. Defendió a los administradores de los centros, los de primera línea, como gente que se gana lo que cobra. Su acusación apuntaba hacia arriba: el distrito tiene demasiados jefes, y los mandatos que bajan de la oficina central son poco realistas e inmanejables, porque quienes los dictan han perdido el contacto con el clima de las aulas de hoy. Cerró diciendo que su corazón de profesora no aguantaba un año más. A su lado, un profesor de Bibb en activo, al ver la lista publicada de sueldos de la oficina central, escribió la reseña más corta que ha recibido el distrito en su vida: «No conozco a la mitad de las personas de esta lista.» Otros comentaristas describieron a profesores pidiendo por Facebook material para sus aulas y pagando de su bolsillo lo necesario para que funcionara el propio currículo del distrito. El patrón no es que la oficina central no haga nada. Es que lo que produce la oficina central llega a las aulas en forma de gastos añadidos.

Luego está cómo trata el distrito a los suyos cuando se van. Una comentarista que se describe como empleada de la Junta de Educación durante doce años escribió que la despidieron tras superar el tiempo de permiso amparado por la FMLA (la ley federal de permisos por motivos familiares o de salud), que la carta de dimisión se la redactaron ellos, y que venía con una penalización de 800 dólares por incumplir el contrato. Ese relato es concreto y comprobable, y es suyo, tal como ella lo presentó.

Las familias aportan los testimonios sobre Rutland, y esos testimonios siguen absolviendo a los profesores. Un padre cuya familia se fue de Bibb a un condado vecino tras veinte años en el sur de Bibb elogió a los profesores y al personal de Rutland, increíbles, que lo darían todo por esos niños, y señaló como verdadero problema del centro la seguridad y la confianza, y apuntó que una petición había pedido la destitución de la directora. Otro escribió que un correo con una preocupación, enviado a la directora de Rutland, no obtuvo respuesta ni llamada. Hasta los críticos del distrito, a nivel de centro, trazan la misma línea que la profesora de cuarenta años: la gente de las aulas no es el fracaso que describen.

La dirección del centro creó su propio registro público, que este artículo no creó. El 22 de octubre de 2024 apareció en Change.org, la plataforma de peticiones, una titulada Demand Rutland High School’s Principal Mrs. Pooler to Step Down. La petición se basaba, según su propio texto, en acusaciones de racismo y de no ofrecer un entorno seguro e igualitario; presento esas acusaciones como lo que son: acusaciones de la petición. The Macon Telegraph la cubrió e informó de más de 450 firmas a 13 de noviembre de 2024. El 21 de noviembre de 2024 se celebró en el edificio de la Junta de Educación una audiencia de quejas sobre la directora, en dos sesiones, para oír a padres y alumnos, y el Telegraph también la cubrió. Desde entonces, la página de la petición ha mostrado 740 firmas verificadas, el recuento tal como lo leí el 25 de octubre de 2026. En su hilo de comentarios, ochenta y un comentarios de texto, dominaban estos temas: el favoritismo hacia las hijas de la directora, hacia los amigos de estas y hacia los deportistas; un código de vestimenta que se percibía aplicado de forma desigual; alumnos apartados o enviados a SOAR Academy; y padres que no conseguían que les dieran una cita, les devolvieran las llamadas o les contestaran. Dos de los ochenta y uno la defendieron: una antigua profesora, que llamó al hilo un tablón de cotilleos con mentalidad de turba, y un padre que dijo que no era tan mala y que había llegado a respetarla. Anoto también a los discrepantes, porque un coro que incluye sus voces minoritarias merece más crédito que uno que se ha dejado limpio de ellas.

El relato más extenso y concreto de ese registro público es el de una antigua alumna, y ocupa el centro de esta sección porque se lo ha ganado a pulso: lo escribió todo. Madison Tidwell Coley, promoción de Rutland de 2021, publicó su relato en un hilo de noviembre de 2024 sobre la petición. Lo abrió así: «Casi no publico en este hilo porque han pasado tres años desde la última vez que tuve que enfrentarme a los terrores de la Dra. Pooler.» Publicó igualmente, dijo, porque Pooler parecía seguir con la misma manía de mandar. Sus dos últimos cursos estuvieron marcados por la COVID. Aunque ya les habían dejado volver al centro en persona, y cada semana se celebraban en el instituto eventos deportivos, a su promoción de último curso le negaron las actividades tradicionales, como el homecoming, y, en sus palabras, les dijeron muy pronto que «probablemente el baile de graduación no era una opción». Para quien no lo viva a diario: el homecoming es la gran fiesta del otoño en un instituto americano, con su reina y su rey elegidos entre los alumnos y coronados durante un partido de fútbol americano, y un último curso sin eso se queda sin una de las pocas celebraciones que el calendario le tenía reservadas. Ella no es una testigo desinteresada, y este artículo no la presenta como tal: las actividades que están en el centro de su relato las organizó ella misma. Howard y Central, escribió, preparaban sus homecomings mientras la directora de Rutland no tenía ninguna intención de hacer especial el último curso. Lo único que quería su clase, escribió, era modesto: «Simplemente queríamos que se nombrara a una reina y un rey del homecoming en el partido de fútbol que ya se estaba celebrando.»

Así que organizó ella misma las actividades de último curso, incluida una votación para la corte del homecoming en la que, según su versión, participó más del 80 por ciento del centro, y para la que pagó de su bolsillo las bandas y las coronas. El día del partido de homecoming, después de clase, cuenta que Pooler consiguió su número de teléfono personal a través de otro alumno y la llamó para decirle que quedaba vetada en todos los partidos de fútbol, incluido el de esa noche, por una falta de «nivel 4» relacionada con las actividades que había organizado. La falta, dice, no constó nunca por escrito en ninguna parte; lo publico como su afirmación sobre la falta concreta y el aviso que recibió. Pooler le dijo que se pondría en contacto con sus padres, cuenta, y no lo hizo nunca. Recordaréis la filosofía que Pooler me expuso a mí en la grabación: contactar primero con los padres. El relato de Madison dice que con ella no se hizo. Expongo la yuxtaposición; no la doy por prueba. Dice que todavía conserva una grabación de esa llamada. Es su afirmación de que la tiene; este artículo no ha oído ni autenticado la grabación. Sus compañeros llevaron las bandas del homecoming al partido y levantaron fotos de su cara con las palabras «Free Madison». Cuenta que, pese al veto, logró asomarse al partido, así que nadie debe imaginarse una expulsión total del recinto esa noche. Unos seis meses después, los padres alquilaron un local fuera del centro y celebraron ellos mismos el baile de graduación, porque el instituto no lo iba a hacer. Una promoción organizó su propio homecoming, y sus padres su propio baile de graduación, en un centro cuya directora cobra precisamente por organizar un instituto. Ese es mi resumen de su relato, que es suyo de principio a fin y no necesita atribuirle ningún motivo a nadie para dar en el clavo.

Tres voces más con nombre, del mismo hilo, cada una de un tirón. Trinity Taylor, promoción de 2024, dice que Pooler la hizo bajar al atrio con un subdirector, le leyó palabra por palabra su correo al superintendente y le advirtió de las consecuencias si mandaba otro como ese. Samantha Hedges, madre de dos alumnos de Rutland, dice que a su hijo menor lo retuvieron más de una hora después de sacarlo de la fila del detector de metales por un supuesto olor a marihuana, que Pooler reconoció que no había notado ese olor en él, y que él vació por voluntad propia los bolsillos y la mochila sin que apareciera nada. Jeremy Wilder, alumno de 2017 a 2021, dice que una profesora le contó que se iba ese año por Pooler. Son sus relatos, en público, con sus propios nombres.

Queda un último detalle, y lo expongo como un hallazgo sobre el registro público y nada más. En dos barridos de ese material público no pude encontrar ni una sola publicación de queja directa de un profesor de Rutland que nombrara a la directora. Hablaron los padres. Hablaron los alumnos. Hablaron los antiguos alumnos. Los profesores de Rutland High School, en público, no dijeron absolutamente nada que mi investigación pudiera localizar. De ese silencio no saco aquí ninguna conclusión. La sección sobre la puerta ya os ha contado lo que los profesores del centro me dijeron en privado, con su permiso donde hacía falta. El cometido de esta sección era más estrecho: demostrar que el hombre que os cuenta estas historias no es la única voz del condado que las cuenta.

El profesor Winston quiere saber

Antes de que llegue la factura, el profesor Winston querría que levantaseis la mano ante una sola pregunta: ¿deberían las escuelas del condado de Bibb publicar la retención docente centro por centro cada año?

Professor Winston Wants to Know
Professor Winston, the Global Watchdog bulldog

Professor Winston Wants to Know

Our resident watchdog is taking the temperature of the room.

¿Deberían las escuelas del condado de Bibb publicar la retención docente centro por centro cada año?

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¿Deberían las escuelas del condado de Bibb publicar la retención docente centro por centro cada año?

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Llega la factura

Cinco partes después, todas las cuentas se saldan en la misma aula. Va un balance breve, porque el coste de cada cifra de esta serie siempre iba a pagarse en un aula. La parte 1 siguió el dinero y se encontró con un distrito que se declaraba pobre justo cuando se hablaba de un déficit de 15 millones de dólares. La parte 2 siguió a los proveedores y vio que a Kelly Services se le pagaron 17,9 millones de dólares en los ejercicios 2022 a 2025, según los propios registros de pagos del estado, por personal sustituto y temporal, y que la tasa de cobertura, la cifra que diría con qué frecuencia una clase recibía de verdad un profesor, no se publica en ninguna parte. En las aulas de matemáticas de Rutland, según los propios relatos públicos de los alumnos, la respuesta en algunos años fue ningún profesor en absoluto. La parte 3 siguió los resultados y encontró el espejismo. La parte 4 siguió el organigrama y encontró catorce puestos en la cúspide, de los que solo hay constancia de un proceso de selección competitivo, y un aumento de los registros de sueldos de seis cifras: de 99 a 136 en tres años. La parte 5 siguió a las personas.

Ahora, la clasificación honrada, porque este artículo acaba como empezó, con el grado de cada prueba sobre la mesa. Constatado en el expediente: la brecha de retención frente al condado de Houston con la misma definición, y la serie de Bibb por debajo de la banda estatal en todos los años medidos; una escala salarial que se queda más atrás con cada año de servicio; centenares de profesores trabajando en los centros con una exención de habilitación; y un estudio encargado por el propio distrito que sitúa la tasa de salida de profesores de Bibb por encima de la referencia nacional. Sostenido por testimonio, el mío y el de otros: un apoyo que no podía ayudar y a veces ni lo intentaba; una primera semana gastada en pompa mientras las aulas esperaban; un centro donde la ayuda se contaba, las quejas se le devolvían al reclamante descritas de forma inexacta y una amenaza denunciada se cerró como una broma; y un claustro congregado ante una puerta de cristal, con miedo a un reloj. Sin probar, y no afirmado en ningún punto de este artículo: el desglose de las salidas de Bibb por motivos, las tasas disciplinarias de Bibb, la parte medida de la brecha de retención atribuible a la gestión y cualquier cifra de retención centro por centro, porque el distrito no publica ninguna. El argumento de la causalidad es un argumento de este artículo, y lo asumo como argumento. Los huecos del expediente son huecos del distrito.

Lo cual nos lleva a las exigencias de la serie, deliberadamente pequeñas, concretas y fáciles de contestar, porque un distrito al que no avergüenza una exigencia grande todavía puede verse acorralado por una pequeña. Que el distrito publique la tasa de retención docente de cada centro, cada año, calculada a partir de los registros de personal que ya tiene. Que publique o calcule la tasa de cobertura de sustitutos del contrato con Kelly, a partir de los propios registros de colocación del contrato, para que el público pueda saber con qué frecuencia un aula de Bibb que pierde a su profesor recibe otro. Que publique los resultados de la encuesta de salida a partir de las respuestas que ya recoge, de modo que los profesores que se marchan puedan ver que merece la pena responder. Publicar esos registros sometería los problemas de plantilla y las decisiones administrativas del distrito a un escrutinio público más minucioso. Todas las demás cifras de esta serie tuve que sacarlas a pico y pala de paneles estatales, informes auditados y bases de datos de pagos. Las tres que ayudarían al público a entender por qué se marchan los profesores son las tres que el distrito no ha hecho públicas.

Termino donde empezó este artículo: en la puerta de cristal de la entrada de Rutland High School, tal como era en mis años allí, a las 14:55 de un día lectivo. La serie ya ha puesto cifras a esa puerta: 82 por ciento frente a 89, una escala 11.841,46 dólares por debajo en el peldaño más alto, 17,9 millones de dólares gastados en personal sustituto y temporal sin tasa de cobertura publicada, unos 395 profesores con exención o en vías de habilitación trabajando en los centros en el año del informe, y un claustro pendiente del segundero, esperando a que las 15:00 dejaran salir a gente que llegó antes de las 7:00 sin que nadie se lo pidiera y que se irá a casa a terminar el trabajo del día sin cobrar. La puerta no es una metáfora con la que el distrito pueda discutir. Era un hecho diario y observable de uno de sus centros.

El dinero estaba. Los profesores estaban. Una de las dos cosas dejaba de ser verdad cada primavera. Las pérdidas de todo el distrito están en los datos estatales, para quien quiera leerlas. Lo que el distrito no publicará es la tasa centro por centro, y las aulas del condado de Bibb son donde cae esa pérdida.

Las cuentas se cierran en un aula, y este artículo también, pero esa aula se merece que su última escena se cuente entera, porque mi salida es la única prueba de esta serie que todavía no he puesto sobre la mesa. Mi último día de trabajo fue el 3 de marzo de 2026. Doy la fecha como este artículo lo da todo, con los papeles en orden: el 2 de marzo, en un mensaje que escribí entonces sobre un asunto sin relación, llamé al día siguiente mi día oficial de jubilación del distrito escolar del condado de Bibb. Según los registros del distrito, mi relación laboral se prolongó hasta el 27 de mayo de 2026, y esa distinción la tracé yo mismo, en mi propia correspondencia con la oficina de prestaciones: último día de trabajo, el 3 de marzo; último día de empleo, el 27 de mayo. El aula terminó el día tres.

Mi plan original era no decírselo a nadie. Vaciaría el aula en silencio, poco a poco, y a la mañana siguiente mis alumnos entrarían y yo ya no estaría, una plaza vacante con un sustituto plantado en ella, como se esfuman los profesores en ese distrito cada primavera. Unos tres o cuatro días antes del final cambié de idea. Se lo dije a mis alumnos sin rodeos: que me iba, y por qué. No sois vosotros, les dije. Os quiero a todos. Algunos se quedaron en shock, sobre todo porque era marzo, en pleno curso, y su pregunta se me ha quedado grabada porque es la pregunta que todo este artículo contesta desde el otro lado: ¿por qué no puedes quedarte hasta final de curso? Les expliqué que simplemente no podía. Se había acabado. No les dije a mis alumnos hasta qué punto me estaba afectando la idea de seguir trabajando allí. Cada domingo por la noche de aquel tramo final me había enfrentado a lo que los profesores llaman la angustia del domingo por la noche, y en mi caso la expresión se queda corta: era algo muy parecido a un ataque de pánico solo de pensar en entrar el lunes. La idea de seguir hasta mayo no me cansaba. Me aterrorizaba. Un hombre no deja un aula en marzo por un horario o un baño. Se va cuando el pavor al centro lo ha seguido hasta casa y le ha tomado los domingos, y el distrito que lo empleó once años no sabría decir el día exacto en que ocurrió, porque nunca se lo preguntó.

Debajo del pavor estaba lo que había visto dañar el trabajo desde dentro, y lo expongo como mi testimonio y mi opinión, porque tras once años produciendo las cifras me he ganado ambas etiquetas. En ese sistema, datos es una palabra mágica. La dices en una reunión y las cabezas asienten; montas un panel y el curso es un éxito. Pero demasiados de esos datos, en mi testimonio y en mi opinión, son datos falsos, datos sin sentido, porque en ese entorno es casi imposible recoger datos exactos. Te concentras tanto en mirar los datos que te olvidas de los alumnos a los que de verdad das clase. Yo me pasé once años currando para esa máquina: programaciones escritas según su plantilla, objetivos metidos en su plataforma, medidas de crecimiento que una circular declaraba exactas en aulas donde la exactitud no tenía una definición operativa. Un profesor puede sobrevivir a que lo midan. Lo que no aguanta, al menos no por mucho tiempo, es que lo midan con cifras que sabe que son un camelo, en un centro que ha dejado de preguntarse si describen algo real. Más que cualquier choque concreto o política escolar, el énfasis implacable en unos datos que yo consideraba poco fiables contribuyó al pavor que sentía cada domingo antes de volver al trabajo.

Mientras me preparaba para jubilarme, quise asegurarme de que mis alumnos pudieran seguir aprendiendo cuando yo me fuera. Preparé materiales de sustitución porque no había visto ningún plan claro del centro sobre cómo seguirían mis clases, ni nada de lo que el distrito preparaba para el futuro de mi aula era visible desde donde yo estaba. Tenía todos los motivos para creer que la persona que me sustituyera a largo plazo no hablaría español y quizá no tendría acceso a la tecnología, así que preparé el relevo a la antigua usanza y en papel: lecciones y fichas imprimibles, explicaciones y actividades del cuaderno de ejercicios, un paquete para español 1 y otro para español 2, pensados para el punto exacto en que estaban mis alumnos, el capítulo 12 de la secuencia de Busuu que habían estado trabajando y el punto de control 5 de los módulos de SpanishDict. Redacté una nota a la señora Freeman, la coach académica del centro, pidiendo consejo sobre esos planes de sustitución.

Nunca contestó. Mandé al menos tres correos sobre esos planes, y copias de los propios planes llegaron también a Pooler y a los subdirectores. No volvió ni una puta línea de ninguno de ellos. Una línea habría bastado: gracias, no hará falta, vamos a usar Edgenuity. No llegó nunca. Más tarde supe que no se usó ninguno de mis planes. En su lugar, mis clases pasaron a Edgenuity, el camino fácil, y en mi opinión mis alumnos no aprendieron nada de español el resto de aquel curso, mientras los planes que había preparado para ellos, lecciones escritas exactamente para el punto en que se encontraban, quedaban listos y sin usar. Ese trabajo sobrevive en borradores de esas semanas, en mis propias palabras de entonces, y lo dejo aquí no como un alarde sino como una medida. El profesor estaba preparando la primavera de sus alumnos. Ahora juzgad al centro con la misma vara.

A Pooler le había escrito que el 3 de marzo sería mi último día, avisando, según recuerdo, con dos o tres semanas de antelación. El intervalo es mi recuerdo; el correo salió de mi cuenta del distrito, y el distrito borró esa cuenta cuando me fui. Durante varios días, nada. Después llegó una respuesta que se reducía a una línea, y la doy con el grado de seguridad que me da recordar su redacción: gracias por avisarme. Luego, un silencio tan absoluto que no creía administrativamente posible. No volvió a mirarme a los ojos. No me deseó suerte. No me dio las gracias por mis años de servicio: once años en el distrito, cuatro de ellos en su centro, rematados con una línea y la mirada desviada. La veía por el edificio y se comportaba como si yo no estuviera.

Mis colegas, los que dijeron algo, dijeron lo que te cuenta de qué está hecho el 82 por ciento de este artículo. Tengo tanta envidia, me dijeron. Ojalá me fuera contigo. Ojalá pudiera hacer esto. Anoto su envidia por lo que era. Eran despedidas de gente que no podía permitirse irse. La tasa de retención que este artículo ha ido diseccionando de principio a fin no mide lealtad, ni satisfacción, ni convicción. En mi centro medía, sobre todo, quién podía permitirse marcharse.

Vacié el aula como había previsto, poco a poco, a lo largo de varios días, sin cargar nada pesado salvo un objeto, y el artículo puede acabar con él porque ningún resumen mío es más cierto. En mi último año o dos, el centro prohibió a los profesores tener neveras pequeñas en el aula. Me gustan las bebidas frías, y el yogur, y picar algo a lo largo de un día largo, así que tuve una puta mininevera escondida en mi aula durante dos años. Era un infractor de las normas. Lo admito sin problema. El último día saqué la nevera de su escondite y la llevé por el centro a la vista de todos, con orgullo. Era contrabando del tamaño de un electrodoméstico de residencia de estudiantes, sacado de un centro que había contado mis llamadas a un administrador, me había racionado las pausas para ir al baño, me había cronometrado la comida, me había exigido un formulario de permiso para ir al dentista y, por fin, había contestado a mis once años con una línea y sin mirarme a los ojos. ¿Qué iban a hacerme ya, qué coño? Nada de nada, que fue, al final, la respuesta del centro a todo lo que yo le había traído. Salí de aquel centro por última vez ya jubilado, cargando con la única prueba que nunca tuve que etiquetar.

Dr. Alan Wood carrying his mini fridge out of Rutland High School on his last day, generated illustration
El Dr. Alan Wood saca su mininevera de Rutland High School en su último día, 3 de marzo de 2026. Ilustración generada.

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Dr. Alan Wood in a bucket hat and pink-tinted sunglasses in St. Peter's Square, Vatican City
Por primera vez en años, la tarde del domingo volvió a ser mía. Plaza de San Pedro, Ciudad del Vaticano. Foto: colección del autor.

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Dr. Alan Wood
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Musings of an unabashed and unapologetic truth-seeker. Crusader against obscurantism. Optimistic curmudgeon, snark jockey, lovably opinionated purveyor of wisdom and truth. Multilingual world traveler and part-time irreverent philosopher who dabbles in writing, political analysis, and social commentary. Attempting to provide some sanity and clarity to complex issues with a dash of sardonic wit and humor. Thanks for visiting!

My byline rests on 24 years in the classroom: three years teaching in Japanese junior and senior high schools, ten years as an associate professor at Japanese universities, and eleven years teaching Spanish in Georgia public schools. I hold a PhD in Linguistics, and my EduLingo line of Spanish teaching resources is on Teachers Pay Teachers.

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